Rincón de Petul

Semilla y la revolución que no iba a ser

El desencanto está llegando a los grupos más fieles.

El cierre de esta columna fue interrumpido por la noticia de la ejecución de Juan Francisco Solórzano Foppa y de otro hombre cuya identidad no se conoce en este momento. La consternación solo me permite poner unas palabras aquí para no guardar silencio y enviar toda la solidaridad a los suyos. En un país que conoce demasiado bien la violencia política, un acto como este despierta las peores alertas. Descansen en paz.


Qué noche aquella de agosto de 2023, cuando ganó Semilla. A mí me tocó una fibra personal cuando fuimos al Obelisco, donde una multitud formaba la primera congregación política que recordaba haber visto en años en la ciudad. Había fiesta, las banderas ondeaban y un gentío extrañamente diverso se alzaba en cantos entre las vuvuzelas. Un Arévalo sería presidente. Pancartas hechas a mano celebraban una nueva Primavera. Cuando logramos acercarnos a la pileta, mi hijo se encontró con unos compañeros landivarianos. Cuando se vieron, la emoción los llevó a un abrazo que los tiró al suelo. La felicidad de aquellos muchachos era tal.


Este domingo, previo al 20 de octubre, aquella noche vuelve a mi memoria frente a las gráficas de la encuesta de CID Gallup y Fundación Libertad y Desarrollo. Bernardo Arévalo obtuvo −59 puntos, la evaluación más baja entre los presidentes comparados desde 1987, en períodos equivalentes. Está detrás de Giammattei y Jimmy Morales, incluso. La oficialidad tendrá una explicación que más servirá para que ellos mismos se consuelen. La excepcional impopularidad trae mensajes difíciles de sacudirse.

Gobernar responsablemente puede exigir decisiones que la mayoría no comprende o no comparte.


Oportuno recordar que el presidente es hijo del gran presidente revolucionario. Las expectativas eran altas. Una parte de su electorado añora aquel movimiento del 44 que puso fin a décadas de dictaduras, transformó la legislación laboral y cimentó en el país un nuevo contrato social. Se sabe que cada quien es su propio hombre, pero cuando puso un cuadro de su padre en el despacho presidencial, diciendo que lo tendría «de conciencia», aquello fue más que una promesa tácita. Un eco de la enjundia y el vigor con que su padre tomaba las cosas llegó como esperanza al colectivo.


Todo gobierno tiene grupos poblacionales que lo apoyan mucho, otros que solo lo apoyan, unos que lo contrarían y otros que jamás lo apoyarían. Mi hipótesis es que este desencanto podría estar alcanzando a los grupos más fieles. Arévalo nunca tuvo el apoyo de ciertos sectores que no valoran la democracia. Pero ahora podría estar perdiendo incluso a quienes sí la valoran.


Gobernar responsablemente puede exigir decisiones que la mayoría no comprende o no comparte. Pero sería arrogante atribuir todo el desencanto a esa incomprensión. En especial con las rajaduras de este gobierno. Las críticas de antes, las que solo veían timidez ante una exagerada ponderación democrática, transitan hacia peores miradas. Hay frustración porque la corrupción se cimentó en espacios que la desidia no protegió. Algunos de quienes se esperaba fueran inmunes a esa infección no lo fueron. Y se señala en ciertos puestos claves a gente a quien el puesto le bastó solo para estar.


Los últimos en abandonar la causa de este gobierno podrían irse en paralelo con el fortalecimiento de la corrupción. Quedará la pregunta de si una aproximación frontal habría sido más efectiva. Creo que aquellos muchachos que cayeron al suelo en la algarabía tenían esa ilusión. Creyeron que su generación sería parte de un nuevo movimiento vigorosamente transformativo del país. Ahora, no hay mucho dónde perderse. Inefectividad, comodidad, ponderación excesiva o complicidad, como quiera explicarse. El desencanto se siente más ácido en esta fecha de la gran Revolución.

ESCRITO POR:

Pedro Pablo Solares

Especialista en migración de guatemaltecos en Estados Unidos. Creador de redes de contacto con comunidades migrantes, asesor para proyectos de aplicación pública y privada. Abogado de formación.