Meta humanos
Sesenta palabras para re-conocernos
Una democracia funcional no se sostiene únicamente mediante elecciones y leyes.
¿Qué ocurriría si cada ciudadana y ciudadano guatemalteco que todavía no habla el idioma indígena del territorio donde vive aprendiera, como punto de partida, 60 palabras? No se trataría de memorizar una lista de términos aislados, sino de aprender saludos, presentaciones y otras expresiones breves que, en conjunto, contienen aproximadamente 60 palabras. Sería un primer paso para comunicarnos y comprender algo del mundo de otros pueblos.
¿Qué ocurriría si cada ciudadana y ciudadano guatemalteco que todavía no habla el idioma indígena del territorio donde vive aprendiera, como punto de partida, 60 palabras?
Sesenta palabras pueden parecer pocas. Sin embargo, cuando se aprenden dentro de expresiones y situaciones cotidianas, abren una puerta hacia la manera en que otras personas comprenden, clasifican y nombran la realidad. Cada idioma contiene conocimientos y formas particulares de organizar la experiencia humana. Aprender algunas expresiones permite descubrir que aquello que pensamos y sentimos no se comunica necesariamente de la misma manera en todos los idiomas.
Este acercamiento también puede ayudarnos a comprender las dificultades que experimentan las personas indígenas cuando aprenden castellano. Quienes hablamos un idioma maya podemos confundirnos con el género de algunos sustantivos y decir “la mapa”, porque la terminación en “a” suele asociarse con el femenino. También podemos decir “el mano”, aplicando la regla general a una palabra que constituye una excepción. Estos ejemplos suelen provocar correcciones o risas, incluso burlas, pero pocas veces motivan una pregunta más profunda: ¿cómo funciona el idioma de la persona que habla y por qué construye de esa manera una expresión en castellano?
Cuando una persona ladina intenta aprender algunas expresiones en kaqchikel, k’iche’, q’eqchi’, mam, garífuna, xinka o en otro idioma del territorio, experimenta la inseguridad de pronunciar sonidos desconocidos y el temor de equivocarse. Esa experiencia sencilla puede generar empatía hacia quienes, durante generaciones, han tenido que estudiar, realizar trámites, acudir a los servicios de salud y defender sus derechos en un idioma distinto del propio.
Desde la formación del Estado guatemalteco, el castellano ha predominado en las instituciones y los servicios públicos. Esta situación prolongó una desigualdad heredada de la invasión y del régimen colonial iniciado hace aproximadamente 500 años.
La propuesta de aprender 60 palabras es una invitación a participar en la construcción de relaciones más respetuosas entre los diversos pueblos que hacen llamar a Guatemala su hogar. El esfuerzo produce, además, una alegría difícil de medir. Para una persona indígena, escuchar que alguien se acerca respetuosamente a su idioma significa comprobar que su idioma vale mucho y que su cultura despierta un interés verdadero. La pronunciación puede ser todavía imperfecta. Lo importante es el mensaje humano que comunica el intento: “Quiero acercarme a usted y conocer una parte del mundo desde su idioma”.
Una democracia funcional no se sostiene únicamente mediante elecciones y leyes. También se construye cuando las personas sienten que su idioma, su identidad, su historia reciben el mismo respeto. Sesenta palabras no corregirán por sí solas siglos de desigualdad lingüística, pero pueden iniciar una conversación diferente. Aprenderlas significa reconocer que el idioma del territorio, y las personas que lo mantienen vivo, tienen un lugar digno en la democracia que queremos construir. Aprender 60 palabras del idioma indígena del territorio donde vivimos constituye una meta inicial, accesible y medible dentro de un aprendizaje más amplio. En una siguiente columna se abordará la pregunta que muchos esperan: ¿Cómo aprender las primeras 60 palabras?