Nota bene

¿Sustituir al mercado por raciones y colas?

¿Es un sistema de raciones más eficiente y justo que el mercado?

En la novela distópica 1984, de George Orwell, los habitantes de Franja Aérea 1 (antes Inglaterra) pasan serias penas económicas. El lector se entera paulatinamente de que escasean las navajas, el jabón y el chocolate. Las tuberías fallan y los desagües apestan. Muchos edificios están derruidos y los elevadores no funcionan. La gente necesita tarjetas de raciones para acceder a abarrotes. El autor revela que se pueden obtener ciertos bienes altamente codiciados en el mercado negro, aunque tales transacciones son criminales. No sorprende que los allegados al gobierno vivan con más comodidades que los ciudadanos de clase media o proletaria (los proles).

Las economías centralmente planificadas provocan desabastecimiento, hambre y desesperación.

Orwell describe vívidamente su pasado reciente. A partir de enero de 1940, y durante la Segunda Guerra Mundial, el Ministerio de Alimentos de Gran Bretaña controló el consumo de cada familia, incluso de la familia real, a través de una libreta que determinaba las cantidades asignadas de huevos, té, mantequilla, azúcar y otros bienes. La carne y las frutas tropicales eran inasequibles.

Pero la advertencia de Orwell va más allá: el racionamiento es inherente al totalitarismo. Cuando el gobierno centraliza el control de la economía, destruye los mercados. Desaparece la información previamente disponible a los consumidores y productores a través del sistema de precios, un asombroso y dinámico mecanismo espontáneo que detecta y comunica la relativa escasez de los insumos, bienes y servicios.

Los gobiernos totalitarios son los únicos propietarios y empleadores en la sociedad; ellos determinan qué cosas y en qué cantidades se producen, y cómo se distribuyen. El racionamiento suplanta las transacciones voluntarias. Sin adecuadas señales, el régimen provoca el desabastecimiento y la desaparición completa de bienes. La distribución suele hacerse desde bodegas estatales, frente a las cuales se forman largas colas. En vez de ir a trabajar, las personas pasan horas bajo el sol o la nieve para acceder a su ración, sin garantías de conseguir su objetivo. Cuando los planificadores perciben que el bien escasea, reducen la cantidad asignada.

En la Unión Soviética usaron libretas de raciones. Siguen en uso en Cuba y Corea del Norte. Eva, una emprendedora rusa que ahora vive en India, recuerda que, hasta mediados de los años 90, su familia recibía del sindicato cupones gubernamentales para comprar salchichas, azúcar, vodka, jabón, cigarrillos, mantequilla y algunos granos. El sindicato también asignaba a los niños raciones de cigarrillos y vodka, porque estos productos servían para el trueque, la válvula de escape del fracasado modelo económico. Orwell agrega otra razón por la cual las cuotas de licor son relevantes: el alcohol mata el hambre y facilita la sumisión.

Personas extrañas, se lamenta Eva, decidían los patrones de consumo de su familia, y les impedían planear su futuro. Como Orwell, ella denuncia la deshumanización implícita en el colectivismo. El gobierno que ofreció dignificar a la persona, lo convirtió en un esclavo hambriento y aterrado, en una pieza invisible del monopólico engranaje estatal.

El marxismo culpó al capitalismo de oprimir y alienar al trabajador, y nos hizo creer que podía construir una sociedad más justa y humana. No puede. El trato respetuoso y humano viene de la mano de la libertad. La libertad para emprender e innovar, intercambiar bienes y servicios con nuestros conciudadanos, y para aceptar o denegar contratos laborales según nuestras necesidades y habilidades. Las personas libres gozamos de agencia y autonomía; fijamos metas propias y somos capaces de crear condiciones de prosperidad para nuestros descendientes.

ESCRITO POR:

Carroll Ríos de Rodríguez

Miembro del Consejo Directivo del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES). Presidente del Instituto Fe y Libertad (IFYL). Catedrática de la Universidad Francisco Marroquín (UFM).