Rincón de Petul
Un Mundial de los hijos de los imperios
Jugadores guatemaltecos mismos, que nos empujaron en la clasificación, nacieron o crecieron en un imperio más actual.
Este martes, en el partido del grupo L del Mundial, ondeaban las banderas de Ghana e Inglaterra. Dentro de la cancha, Bukayo Saka hizo un mal pase hacia Madueke. En los graderíos, sin embargo, los aficionados decepcionados no fueron los que la escena hubiera sugerido. Un grupo de hombres blancos, disfrazados de caballeros cruzados, expresó su nerviosismo llevándose a la cara una bandera de St. George. Al final del partido, a esos frustrados aficionados les terminó quedando una cosa clara: el que hizo falta en el centro de la cancha siempre fue Mainoo. Kobbie Boateng Mainoo.
Los frutos tardíos de las migraciones impresos al dorso de una camiseta de futbol.
Lo que algunos podrían no saber —y otros quizás prefieran ignorar— es que el defensa, el extremo y el mediocampista ausente, todos los mencionados, no jugaban para una selección de África occidental. Son, más bien, los rostros de la Inglaterra moderna. Madueke, Saka y Mainoo son quienes cantaron el God Save the King al inicio del partido contra Ghana. Aquello no es una casualidad. Es el Mundial, más bien, enseñándonos los frutos tardíos de las migraciones de las que hoy todos hablan. Pero también de invasiones, imperios y colonizaciones sucedidas hace décadas y que hoy explotan frente a nosotros con una naturalidad extraña, en la forma de una alineación de futbol.
El caso de Inglaterra, de nacionalidades confusas, no es un caso excepcional. Parece, más bien, un signo de los tiempos. Tiempos cuando se dan estadísticas como esta que leí recientemente en un reporte: Decía que, de los 1,248 jugadores inscritos oficialmente en esta copa mundial, un 24% nació en un país distinto de aquel al que representan. Cierto, algunos cuantos son aquel tradicional “importado y naturalizado”; el que un país absorbe por fines futbolísticos. Es el caso del mexicano Quiñones que llegó a México de Colombia. Pero muchos otros indican otra cosa. En el equipo de Curazao, de los 26 jugadores inscritos, solo uno nació en la isla, mientras que el resto nació en el país que hace siglos los colonizó.
Se dice que vivimos en tiempos récord para la migración internacional. Según el Migration Policy Institute, más de 300 millones viven hoy en un país distinto a aquel donde nacieron. A ellos se les llama la “primera generación” de la migración. La “segunda”, es decir sus hijos son el doble, según cálculos conservadores. Un 8% de la población global. Por eso, el Mundial está siendo un legítimo reflejo de la historia. Uno donde las rutas de migración, los imperios, las guerras y las subsecuentes colonizaciones han reaparecido como apellidos, ahora, impresos al dorso de una camiseta de futbol. Cuando en los años mil seiscientos, Luis XIV inició la presencia francesa en Senegal, poco habrá sabido sobre lo que generaría en los siglos por venir. Francia terminó colonizando ese territorio africano, pero una ruta migratoria hacia el norte también se originó. Ese fenómeno fue parecido con el caso de los ingleses, Saka, Mainoo, Madueke, Eze y muchos otros con raíces en colonias del Imperio Británico y que hoy sostienen el sueño inglés. Estos, dicho sea de paso, no nos es ajeno. Jugadores guatemaltecos mismos, que nos empujaron en la clasificación, nacieron o crecieron en un imperio más actual. Aquel mismo que hoy vota rechazando al extranjero. A la migración que compone —entre nacidos en el extranjero y la segunda generación— la mayoría de su plantel. Ah, estos tiempos.