La buena noticia

Una actitud introspectiva para dar paso a la trascendencia

Vivimos en un activismo desenfrenado.

Vivimos en un activismo desenfrenado, inmersos en la prisa de alcanzar metas personales o comunitarias, abrumados por las exigencias del trabajo, la familia y los estudios o, en muchos casos, preocupados por conseguir lo necesario para sobrevivir. En una sociedad con este ritmo, disminuyen los momentos para detenerse y revisar hacia dónde vamos, o hacia qué fin nos conduce el camino que estamos recorriendo.

Ningún ser humano puede encontrar tranquilidad o paz interior cuando vive desorientado.

Esto es grave, porque la meta a la que nos dirigimos no siempre nos asegura un final feliz o, lo que es peor, a veces transitamos una ruta sin saber por qué. Carecer de la consciencia de un fin o de una meta es carecer de sentido; y ningún ser humano puede encontrar tranquilidad o paz interior cuando vive desorientado. Por esta razón, se vuelve necesario detenernos a reflexionar sobre el medio que puede devolverle el sentido a nuestro andar.

El ejercicio al que estamos invitados supone, en primer lugar, invertir un tiempo prolongado para estar con nosotros mismos. No es una tarea fácil, no solo porque a nadie le sobra el tiempo, sino porque implica un ejercicio de introspección: volver la mirada al interior para ser conscientes de lo que albergamos en el corazón, de nuestras verdaderas intenciones y de la bondad o maldad de nuestros proyectos. Asomarse al propio interior requiere de honestidad, ya que allí no sirven las máscaras sociales ni las justificaciones que usamos ante los demás. Quien tenga la valentía de realizar este examen encontrará las motivaciones y las fuerzas necesarias para dar el segundo paso, aquel que le da pleno sentido al primero.

Este segundo paso es un ejercicio de trascendencia. Se trata de encontrarse con uno mismo para, consecuentemente, encontrarse con Aquel que habita en lo más profundo de nuestro ser; el único que conoce el verdadero sentido de nuestro caminar por este mundo. Es un acto trascendente porque nos vincula con Alguien distinto a nosotros; y es Él quien ha establecido nuestro propio interior como el lugar de encuentro —este ejercicio ya lo sugería San Agustín en el siglo V—. Él, que conoce cómo saciar nuestros deseos porque escudriña lo más profundo del corazón humano, nos permite confrontar nuestro rumbo actual y, si hace falta, reorientarlo.

El fruto inmediato de esta práctica es la paz interior, un estado de serenidad y ausencia de conflictos internos autodestructivos. Sus efectos no se limitan al ámbito personal; se extienden a toda la sociedad, cobrando un valor de suma importancia cuando quien la ejercita tiene a su cargo responsabilidades gubernamentales o religiosas.

Es cierto que la serenidad, la justicia y el derecho no dependen únicamente de la buena gobernanza de las autoridades, sino también de la influencia de los distintos grupos que conforman el tejido social. Sin embargo, cabe la certeza de que, si los gobernantes de nuestros países y cada uno de los ciudadanos nos detuviéramos a revisar el camino —viviendo esta experiencia de introspección y trascendencia—, nuestra realidad actual sería distinta. Si tuviéramos la valentía de confrontar nuestras intenciones con Aquel que nos conoce mejor que nosotros mismos, cultivaríamos un mundo mejor. Seguramente no padeceríamos las crisis que hoy nos preocupan a nivel mundial y local; gozaríamos de una mejor educación y de estrategias más humanas para resolver la pobreza, la falta de oportunidades o los impactos económicos globales.

Este fue, precisamente, el ejercicio de reflexión interna que llevó al primer hijo del Evangelio de este domingo a obedecer la petición de su padre, transformando un “no” inicial en una acción de valor trascendente.

ESCRITO POR: