Fundamentos
Y ahora, ¿quién podrá defendernos?
El poder político viene dado por los votos, y son los votos los que quitan o confieren legitimidad a los personajes públicos.
En una reunión con amigos, discutíamos los posibles escenarios electorales para el año 2027. Probablemente la nota más relevante de la conversación fueron las amenazas que existen para nuestra democracia. Había el sentimiento de que el control que ejercen los grupos del crimen organizado sobre instituciones y autoridades, particularmente en las regiones del interior del país, es de alguna manera ya irreversible. La enorme movilización de recursos, una capacidad de fuego que rebasa la del Estado mismo y un clima de violencia local que promueven con el ánimo de amenazar o disuadir a posibles competidores parecieran no tener forma de ser detenidos.
Sin embargo, soy del criterio de que nada se ha perdido sino hasta el momento en que la sociedad decide o expresa, tácitamente, claudicar. Por ello, es preciso eliminar del imaginario de los guatemaltecos esos dos grandes obstáculos que existen para poder actuar: el sentimiento pesimista de que ya nada queda por hacer o, peor aún, esperar que alguien más, como una especie de Chapulín Colorado, nos resuelva el problema por nosotros. Es cierto que, para problemas de carácter extraordinario, se requiere de soluciones igualmente extraordinarias —como lo puede sugerir el que alguien más, con gran poder, pueda contribuir a ayudar a la causa—, pero nada se puede lograr si el esfuerzo no comienza en casa y con uno mismo.
La premisa de partida para todos aquellos guatemaltecos que tenemos el afán de lograr un mejor país es que tenemos unas elecciones generales a la vista. El próximo año se elegirán las principales autoridades, por lo que hay una oportunidad para renovar los liderazgos políticos a todo nivel. Recordemos que el poder político viene dado por los votos, y son los votos que emiten los ciudadanos en ese evento electoral los que quitan o confieren legitimidad a los personajes públicos.
Es preciso eliminar el sentimiento pesimista de que ya nada queda por hacer, o peor aún, esperar a que alguien más nos resuelva el problema.
Revisando los datos de la última elección cae uno en cuenta de que hay un enorme océano de ciudadanos que no participó ejerciendo el sufragio, o lo hizo votando nulo o en blanco. ¿Qué pasaría si esa enorme masa de votantes dirigiera su esfuerzo a cerrarles la puerta de las instituciones de gobierno a las personas vinculadas a las actividades ilícitas o a los que roban los recursos públicos? Esto, en mayor o menor escala, ha sucedido ya en nuestra historia. Así que un movimiento nacional con los mensajes correctos, la coyuntura adecuada y liderazgos creíbles que lo encabecen podría producir cambios políticos sin precedente en la estructura de poder del país.
Si existe alguna duda sobre el poder que otorgan los votos, invito a los lectores a que revisen el caso de nuestro país vecino, El Salvador. Sin entrar en el análisis de lo conveniente o no del rumbo que dicho país ha tomado, nadie puede cuestionar que, en los últimos 10 años, ese país ha girado en una dirección apenas prevista una década atrás. Con una mezcla de conducción y mensaje, pero particularmente por los votos que lo acompañan y legitiman es como esto ha terminado de suceder allí.
Podrá argumentarse que campañas millonarias o amenazas harán del proceso electoral algo muy complicado. Sí, pero no. Al final, los votos llegan a las urnas y cambian historias. Así que la primera tarea ciudadana es vencer el pesimismo, acometer la tarea de proteger el proceso electoral, movilizar conciencia ciudadana para vencer la abstención, el desinterés o el “todo da igual” y, por último, cambiar los destinos a través de un resultado, producto de un voto dirigido y consciente. Lamentarse o no hacer nada no es una opción.