A contraluzEl monstruo que nos está sitiando
HACE TRES DIAS iba de retorno a mi casa, cuando de repente apareció una figura espectral corriendo en la 11 avenida, de la zona 1. En la penumbra de la noche apenas pude girar el timón del vehículo para no atropellar a quien corría a media calle, en dirección contraria. Aunque desapareció en cuestión de segundos, recuerdo su rostro huesudo y descompuesto. Era un menor de unos 10 años que huía despavorido, quien sabe de qué. El pelo alborotado y su vestimenta raída lo delataban como un niño de la calle. Por el espejo retrovisor lo seguí hasta que se perdió por esas calles abandonadas hacia el sur de la ciudad. Y me entró una tremenda angustia sobre el destino que tendría este menor.
EN INSTANTES tuve la certidumbre de que a mi lado pasó, a toda velocidad, el futuro de Guatemala. Luis, Juan, Carlos o como se llame, probablemente encontró el quicio de una puerta para esconderse y pernoctar. Ya las tripas habrían sido engañadas por las inhalaciones de pegamento, mientras llegaba el día siguiente para enfrentar la vida, con odio y rencor. Con esa existencia, es lógico que robe el radio de un carro y luego la especialización vaya hasta el asesinato. Y quién sabe si un día de estos aparezca en el fondo de un barranco, con un balazo en la cabeza. ¿Cuál podrá ser su esperanza de vida, si a eso le podemos llamar así?
ANTES DE INICIAR este artículo tenía pensado escribir sobre la actual coyuntura política, pero esa imagen de pánico del menor no me ha dejado tranquilo y por eso voy a referirme a este problema. En el informe ?Guatemala: la fuerza incluyente del desarrollo humano, 2000?, del sistema de Naciones Unidas, se señala que el fenómeno de la ?callejización? alcanza a unos seis mil niños, niñas y adolescentes. O sea, esa fugaz sombra humana que se atravesó en mi camino forma parte de una masa que se ha convertido en una molestia por el pillaje que efectúa, pero que no vemos como un problema estructural del país. Y la situación se profundiza cuando sabemos que hay vasos comunicantes entre los niños de la calle y las maras.
?AHORA EL CONTACTO entre ambos grupos se produce en espacios y actividades compartidos: uno es el consumo del ?crack?, droga cuyo uso va en aumento entre los jóvenes, otro son los encuentros en los centros preventivos del sistema penitenciario. Las maras como grupos fuertes y numerosos, con estructuras jerárquicas, son objeto de admiración de los niños de la calle?, refiere el citado informe. Los datos son estremecedores porque tan sólo en la capital hay 90 pandillas, con unos diez mil miembros, con edades entre 12 y 18 años. Ellos representan la forma más descarnada y que a gritos nos dicen hacia dónde vamos. Son apenas la parte visible de la mayoría silenciosa de guatemaltecos que afronta las consecuencias de la miseria y la marginación.
EL DOCUMENTO oficial ?El drama de la pobreza en Guatemala: sus rasgos y efectos sobre la sociedad?, refiere que las necesidades básicas insatisfechas alcanzan el 51.6 por ciento en el área metropolitana. Pero éstas son más dramáticas en el interior del país, porque en regiones con predominio indígena llegan al 85.9 por ciento las necesidades insatisfechas. Para hacerlo más concreto: en Guatemala hay 6 millones de pobres, cuyo ingreso mensual es menor a Q400, en tanto que quienes están en situación de pobreza extrema suman 2.8 millones con ingresos de Q200 mensuales.
YA NOS PODEMOS imaginar que con semejante ingreso es imposible tener salud, educación, vivienda y demás servicios mínimos, por lo que se entiende la razón de que miles de niños sean arrojados a las calles, al igual que lanzamos la basura en cualquier parte. Ellos son la diferencia que hay entre la democracia formal que tenemos y la democracia real que no existe. Son ciudadanos de cuarta categoría o quizá sean desechables. Por esa razón, considero que es necesario impulsar un diálogo nacional, serio y responsable, para desarrollar una estrategia integral que nos lleve a hacerle frente a nuestra inmensa pobreza. Si no logramos movilizarnos es probable que en poco tiempo seamos víctimas fatales de ese inmenso monstruo que nos está sitiando.