Cuentos escogidos de Rafael Arévalo Martínez (III)
Me estremecía de comprensión y de deseo de comunicarme con la extraña y bella mujer, al escribirla. La carta decía: Guatemala, 22 de enero de 19… Mi temerosa amiga: Ya se cuál es su signatura, definitivamente. Ya conozco la clave de su trágica vida, que lo explica todo. Su hieroglífico es el de leona. Corro a visitarla en cuanto pueda. J. M. Cendal.
“Breves instantes después estaba con Elena. Encontré a mi amiga en su lecho, con su hermoso cuerpo de leona cubierto por una bata, y su leonina cabeza, de refulgente cabellera enmarañada, abatida contra las sábanas. Sus magníficos ojos fosforescían en la penumbra de la alcoba. Aparecía llorosa y enferma. Le explique mi carta.
“Dulce amiga —dije— me preparaba a buscar en el agua fría alivio para mi cansancio cuando tuve la clara visión de su signatura que explica su vida.
Me turbe tanto que no podía decirle lo que hice inmediatamente después.
—Ante todo: ¿Qué es una signatura?
Se llama signatura a la primaria división en cuatro grandes grupos de la raza humana. El tipo de la primera signatura es el buey: las gentes instintivas y en las que predomina el aspecto pasivo de la naturaleza; el tipo de la segunda signatura es el león: las gentes violentas, de presa, en las que predomina la pasión; el tipo de la tercera es el águila; las gentes intelectuales, artistas, en las que predomina la mente; el cuarto y último es el hombre: las gentes superiores, en las que predomina la voluntad. Usted es un puro y hermoso tipo de leona. No le doy más detalles porque sería largo de expresarse.
—Acepto. Y vi los hermosos ojos brillar de comprensión y de majestad—. Y ahora, ¿quiere que estudiemos cómo llegué a esta maravillosa visión? Se puede dividir en cinco partes el camino del conocimiento. Primera parte: la que empieza con la intuición inicial de cuando me di clara cuenta, en el Teatro Palace, y viendo ambos correr una cinta, de su fuerte naturaleza magnética, que al aproximarse a usted me llenaba de vitalidad y de energía. Segunda: cuando, jugando ajedrez, usted me tomó una pieza con movimiento tan rápido, tan felino, que parecía el acto de una fiera al caer sobre su presa. Tercera: cuando la concebí como una esfinge. Cuarta: cuando me enseñó su cuadro de ‘El León’. Quinta y definitiva —la luz deslumbradora—: cuando llorosa y desencajada por el dolor, echada sobre la alfombra de su cuarto, tuve la clara visión de su trágica naturaleza de leona. Hay más invisibles jalones en este encantado sendero de sombras, en busca de lo desconocido, algunos que ya señalé, y otros que irán apareciendo poco a poco; pero no tienen la misma importancia de los enumerados.
“Y para manifestárselos ahora a usted, prescindiré del orden cronológico, y pasaré, por de pronto, al de su importancia, en el que solo quedan dos: cuando usted se me apareció como una esfinge; y cuando toda llorosa y desencajada por el dolor, apareció clara su verdadera naturaleza de leona.
“Si usted hubiera seguido subordinada a su esposo; si no hubiera obtenido, con el divorcio, la libertad de acción, probablemente yo nunca hubiera podido llegar al conocimiento de su naturaleza leonina; pero, emancipada, usted pudo reconstruir su cueva forestal. Pudo arrendar una hermosa casa, y alhajarla”. (Continuará)