Editorial

Educación en deuda

Cada vez que se divulgan los resultados de evaluaciones sobre la educación en Guatemala, centradas en el rendimiento matemático y la comprensión lectora, se reiteran resultados desalentadores, derivado del fracaso de un modelo rezagado que a su vez es el producto directamente proporcional de la ausencia de una verdadera renovación pedagógica. Es el inexplicable descuido de la infraestructura y de un sindicalismo clientelar que se centra en lograr beneficios y trazar aviesos pactos politiqueros en lugar de concentrarse en la calidad de la enseñanza.

Si bien hay una leve mejoría en la más reciente evaluación de graduandos hecha por el Ministerio de Educación, la misma es marginal, casi vegetativa y muy distante de los estándares que permitirían vislumbrar una nivelación de la formación escolar guatemalteca con la de países que han levantado sus niveles de desarrollo a base de una mejor formación de su recurso más valioso: los jóvenes.

Es inevitable recordar la frase del físico Albert Einstein acerca de que no se pueden esperar resultados diferentes si se continúa repitiendo una y otra vez la misma fórmula. No puede haber un milagro educativo si el magisterio organizado sigue supeditado a las directrices de una dirigencia indolente, si los niveles de nutrición infantil se mantienen en la precariedad, si las escuelas continúan en deplorables condiciones, si no existe un verdadero criterio de competencia para asignar y mantener plazas.

Cuando se observan los datos de la última medición, se ve que de 7.48 puntos obtenidos por los evaluados en el 2011 se pasó a 11.44 en el 2018, un avance demasiado lento que debería constituir un verdadero desafío para quienes tienen en sus manos mejorar esos indicadores, puesto que el gran objetivo no es lograr mejores relaciones públicas o hacer una elogiosa publicidad gubernamental, sino conseguir un capital humano capaz de encarar con mejores herramientas el futuro.

Lo más lamentable es que entre el sector público y el privado no hay una diferencia abismal, con lo cual se constata que no se trata solo de un asunto estatal, sino de todo un reto para cambiar el paradigma formativo. Históricamente, las matemáticas y el lenguaje han sido las materias en las que se percibe el menor avance, pero eso mismo debería haber sido ya el detonante para cambios notorios.

El sistema educativo continuará muchos años más bajo esas condiciones, si los políticos no dejan de manipularlo de forma irresponsable. Por otra parte, los maestros deben adquirir una independencia intelectual para dejar de prestarse al manipuleo de personajes oscuros que los convocan a manifestar en días hábiles, que resultan una pérdida total de costo de oportunidad para millones de niños y jóvenes.

Se necesita un plan visionario para emprender una transformación del modelo educativo. Es poco probable que ello ocurra en este último año del gobierno efecenista, que se ha empeñado en otros afanes. Por eso mismo, debería ser materia de discusión y compromiso ineludible de quienes empiezan ahora sus campañas presidenciales, pero también por diputaciones y alcaldías, en un consenso larga e indignamente pospuesto.