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Situaciones crónicas más allá de la alerta

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En la vorágine de actualizaciones, datos y situaciones generadas a partir de la pandemia, hay temas de primer orden que quedan relegados, pero que no pierden su importancia en el devenir del país, tal el caso de los incendios forestales, la escasez crónica de agua y el desafío nacional de los desechos sólidos, cuyo volumen crece a diario sin que existan alternativas sostenibles de manejo.

Lamentablemente, la destrucción de bosques a causa de rozas descontroladas o fuegos deliberados se sucede cada año en diversas regiones del país, lo cual da como resultado una acumulación de pérdida de masa forestal que resulta irrecuperable en el corto plazo, pero que sí tiene efectos prolongados sobre la precipitación pluvial y la disponibilidad de agua. Paradójicamente, es agua lo que necesitan los sembradíos que pasan a ocupar las áreas que otrora tenían árboles, en un absurdo ciclo empujado por la precariedad y la ignorancia, aunque también por grupos criminales, sobre todo en las planicies de Petén.

Gracias a la rápida y valiente acción de guardarrecursos y la brigada de respuesta a incendios forestales fue posible sofocar, esta semana, un siniestro que amenazaba con avanzar sobre la selva del parque nacional Laguna de Yaxhá, en el norteño departamento. El fuego se originó, bajo extrañas circunstancias, en una finca que le fuera confiscada al exministro de Comunicaciones Alejandro Sinibaldi, quien continúa prófugo. Afortunadamente, solo fueron unas cuantas hectáreas, pero el peligro es permanente, y prueba de ello son los otros siete incendios activos en cinco departamentos, esta semana. Tan solo el año pasado, fueron destruidas más de 19 mil hectáreas en todo el país, que tardarán años en recuperarse.

Curiosamente, la ciudadanía suele permanecer ajena a esta destrucción, pese a que es una de las principales causas de otro problema que sí detona protestas en áreas urbanas: la falta de agua, un mal que se ha agudizado como consecuencia de la reducción en las precipitaciones pluviales, la poca retención de agua en los suelos erosionados que alguna vez tuvieron bosque y con ello la disminución en el caudal de los ríos, los cuales, por si fuera poco, son frecuentemente contaminados con aguas servidas y residuos industriales. Este deterioro no es exclusivo de los afluentes, pues también afecta a los lagos e incluso a los manantiales de donde se abastecen comunidades enteras.

La crisis del covid-19 y la recomendación de lavarse con frecuencia las manos puso al descubierto la penuria que enfrentan varias zonas capitalinas y también cabeceras departamentales. Los pobladores se ven obligados a hacer largas filas en espera de una cisterna o del momento en que por un par de horas cae un poco de líquido con el cual llenar baños, toneles y cualquier recipiente. Un padecimiento que amenaza con extenderse si no se toman medidas inmediatas.

Finalmente, cabe anotar un motivo de preocupación largamente diagnosticado, pero irresuelto, porque solo lo utilizan los políticos en tiempos electorales: la pobreza extrema en que viven tantas familias de varias regiones, pero sobre todo del Corredor Seco. Son tantos los dramas, pero baste un ejemplo: campesinos y artesanos bajan de áreas montañosas a vender sus productos a las calles de Esquipulas. Se van sin un centavo, porque no hay visitantes a causa de la emergencia, pero ellos ya vivían en una. Su única esperanza queda en la caridad de algunos parroquianos que les dan una bolsa de víveres, un acto de generosidad que bien puede adoptarse en otros lugares, sobre todo en esta época.