Editorial

Valoración de un tesoro cotidiano

Más allá de los avatares macroeconómicos, por encima de los dramas del desarrollo y muy lejos de las rencillas políticas que no superan los dimes y diretes, subsisten valiosas realidades que, por cotidianas, quedan relegadas a una esfera casi rutinaria e íntima, pero esto no disminuye un ápice su fundamental importancia: una de ellas es la lactancia materna.

Del 1 al 7 de agosto se conmemora la Semana Mundial de la Lactancia Materna, un movimiento que nació en 1990 a raíz de la Declaración de Innocenti, firmada el 1 de agosto de aquel año, en el hospital pediátrico del mismo nombre, en Florencia, Italia, bajo los auspicios de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), con el fin de proteger, promover y fomentar esta óptima y natural forma de alimentación de los seres humanos en su primera etapa de vida.

Existen numerosas culturas que valoran tradicionalmente la nutrición con leche materna, pero las exigencias de la sociedad moderna, las modas e incluso ciertos prejuicios absurdos se han conjugado en su detrimento. Por eso, cada año reviste de especial importancia la promoción de la lactancia como un derecho y una obligación, dado que no solo se trata de un ritual afectivo o de una costumbre atávica, sino de un valioso recurso para asegurar la salud y la nutrición de miles de recién nacidos al menos hasta el año de edad.

A escala mundial, la práctica de la lactancia materna puede salvar unas 800 mil vidas de infantes de 6 meses, debido a que la leche de la madre fortalece el sistema inmunológico. Así también reduce para ella las probabilidades de padecer cáncer de mama, además de proveer un intrínseco lazo afectivo que nada puede romper.

Resulta lamentable la forma en la cual ha crecido, en determinadas naciones que se dicen desarrolladas, un escrúpulo injustificado que incluso llega a ser denigrante cuando obliga legalmente a las madres a ocultar el acto de amamantar como si se tratara de una exposición maliciosa en lugar de lo que en realidad es: un acto digno de nutrición física y afectiva que exhibe el valor fundamental del amor sin el cual ninguna sociedad podría subsistir.

Afortunadamente en Guatemala, en áreas rurales y urbanas, tales prejuicios han tenido muy poco efecto. Por el contrario, es una escena hermosa y tierna que se desarrolla con sublime espontainedad, pero cuyo impacto concreto se observa en el crecimiento en peso y talla, en la resistencia a infecciones y en una mejor conexión afectiva.

No se trata de excluir el consumo de fórmulas alimenticias maternas puesto que llegan a ser un recurso auxiliar conforme crecen los niños; sin embargo, desde 1990 quedó refrendado que ningún biberón puede sustituir los nutrientes transmitidos a través del pecho materno. Para mantener e impulsar esta cultura de generosidad son valiosas las actividades como la denominada Mamatón, que involucra a maternidades hospitalarias del país. “Empoderémonos de la lactancia materna” es el lema de este año y busca que las propias madres se animen entre sí, compartan experiencias y se valoren como generadoras de vida. Se trata de un ejercicio valioso que debería ser debidamente adaptado y conocido en planteles públicos y privados, de primaria, secundaria y diversificado, a fin de extender el mensaje de amor inherente y atajar estereotipos dañinos.