Sin fronteras

Familias unidas

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Antes de que Donald Trump tomara el poder, ya la Casa Blanca usaba prácticas crueles, inhumanas e innecesarias, contra los migrantes capturados en su frontera sur. Tortura moderna, básicamente. Creyeron que con ella, disuadirían a los centroamericanos de ingresar a su país. Métodos que tal vez no mostraban la sanguinolencia de las prácticas que conocimos en los libros de historia —caballos tirando de las extremidades, gotas de agua perforando los cráneos—, pero que sin duda, buscaban también el mismo propósito infrahumano de la tortura: infligir, causar un dolor físico o mental semejante, con tal de obtener un fin contrario a la voluntad del torturado. Antes de Trump, ya el Departamento de Seguridad Interna sometía a los migrantes capturados a martirios repudiables. De lo que trascendió, les daban comida podrida; a veces, engusanada. Les trasladaban entre centros de detención, repetidas e indeterminables veces, para quebrantar el alma que desea libertad. Y bajaban el termostato en las prisiones, a niveles casi insoportables para el cuerpo humano. En imágenes, se ve a los jóvenes capturados enconchados, tirados en el piso, paralizados, tapándose apenas con una fina sábana de aluminio. No decían al capturado cuánto tiempo duraría el sufrimiento. ¿Una hora más? ¿Dos? ¿Un día más de frío? ¿Una semana? … ¿Aguantaré? El propósito era disuadir el próximo intento de cruzar la frontera. Cuando uno habla con los migrantes retornados, inevitablemente pierden la mirada al hablar de esos cuartos fríos, a los que infamemente llaman las “Hieleras”. Pero esa baja faceta de la especie humana, durante los años de Barack Obama, por lo menos decidió respetar a los niños, cuando estos eran capturados junto con alguno de sus padres. Les mantenía unidos.

Pero por supuesto, que con Donald Trump, todo es un punto y aparte. Cruelmente arrogante y voluntarioso, ha ido violando lo que antes era considerado intocable por los mismos republicanos. Todo, en su ambición por forzar que accedan los legisladores que se oponen a sus demandas migratorias: dinero para el codiciado muro, más fondos para policías fronterizas, y endurecimiento de penas contra los infractores. A principios de este año, eliminó la permanencia temporal de los soñadores en su país. Esos jóvenes que estudian y trabajan en EE. UU. desde tiernas edades, cuando emigraron junto con sus padres, y que gozan de una simpatía ciudadana tal, que hasta dos terceras partes de quienes apoyan a Trump, están de acuerdo con que permanezcan en el país (Economist/YouGov). Pero desde hace algunos meses, trascendió que su administración está separando a los niños y menores de sus padres, cuando los detienen en la frontera. Por si eso no fuera suficiente tortura, la práctica además no informa a los padres hacia dónde son trasladados sus hijos, ni cuándo —si es que acaso— los podrán volver a ver y tener.

EE. UU. ha explotado esta última semana en indignación moral, ante este sufrimiento infligido, que es innecesario para preservar su seguridad interna. La administración de Trump ha revelado que solo en un período de seis semanas, dos mil menores fueron separados de sus padres y enviados solos, a centros de detención desconocidos. Estadísticas proporcionadas por la Policía fronteriza, sugieren que buena parte de esos menores, son de origen guatemalteco. Hijos de campesinos, que escapan de sus realidades asfixiantes, causadas por desastres sociales y naturales, como el más reciente, a las faldas del volcán.

En la próxima visita al país del vicepresidente Mike Pence, el gobierno guatemalteco tiene una obligación legal y moral de pedir respuesta sobre el paradero de estos niños. Y de abogar por el cese de esta tortura; por que se conserven unidas las familias. ¿Qué hará la cancillería de Jimmy Morales? El mundo, indignado, estará observando.