Lo humano e inhumano
Parece que no le damos mayor importancia, a no ser que lo tengamos seguro. Pero, ¿tenemos segura la vida? Indudablemente, no, lo que nos conduce a una especie de negación. Se habla de todo, menos de la muerte. La rehuimos siempre, hasta que no la tengamos cerca. Nos parece tan lejana la muerte que creemos que nunca nos alcanzará, no importa la edad que tengamos.
Lo inhumano no sería exactamente lo malo, lo malvado, tal estado serían nuestros sentimientos de malestar o bienestar, de dolor o de alegría. Pero de ésta no tenemos idea alguna. Solo es la nada. ¿Pero, podemos pensar en la nada?
Yo, por lo menos, no puedo. Lo único que siento es una interrogante llena de temor. Lo único que sentimos son estados de ánimo agradables o desagradables. De ahí no pasamos, a no ser estado especialísimo: que “lo divino” se adueñe de nosotros, o “lo malvado”.
Lo normal sería “lo humano” o algo que se le parezca.
Nadie, como Hermann Hesse, escribe tan dramáticamente de estos dos estados: “El lobo estepario tenía, por consiguiente su sino. Y puede ser también que este sino no sea tan singular y raro. Se han visto ya muchos hombres que dentro de sí tenían no poco de perro, de zorro, de pez o de serpiente, sin que por eso se hubiesen tenido mayores dificultades en la vida”.
Al hacer esta referencia no podemos dejar de mencionar El hombre que parecía un caballo, de Rafael Arévalo Martínez.
Ya es hora de que destaquemos o hagamos hincapié en lo “humano”.
El primer valor, no cabe duda, aunque a veces nos sintamos más parientes de otros animales. Que tiene, entre otras calidades o cualidades, la de desconocer la muerte. Porque nuestra “inhumanidad” se entrega de lleno a la vida, en un desconocimiento absoluto de muerte.
Podríamos llegar a la conclusión de que lo “inhumano” que hay en el hombre es lo vital, es eros, y que, por el contrario, “lo humano”, que es su sentimiento, su pensamiento, su dolorosa conciencia de la muerte, sería lo mortal, sería thanatos. Y colocado el hombre ante perspectivas tan desmesuradas, trataría de huir de su trágica “humanidad”, para acercarse a su feliz e inconsciente “animalidad”.
Pero no podemos desprendernos de esta inquietante “humanidad” que nos hace débiles y poderosos, humildes y soberbios, felices e infelices, pero sobre todo conscientes de todo lo que nos rodea: de nosotros mismos, de los demás; pero más que nada, de la muerte, de nuestra propia muerte.
Y si alguna vez escribimos que “escribir es ser”, hoy aseguramos que escribir es también empezar a morir, es ser “humanos” y abandonar nuestra espléndida “inhumanidad”, nuestra paradisíaca “animalidad”, para caer, poco a poco, en la inmediatez de thanatos en el recelo angustioso de nuestra nada.
Nuestra hostilidad nos viene, no de lo animal, sino de lo humano que nos reprime, ata, destroza, que nos hace pensar y por lo tanto sufrir. Ante esta afirmación, cabría la pregunta, ¿entonces nuestra bondad nos vendría de nuestra “inhumanidad”, de nuestra primitiva y simple animalidad?
La respuesta más adecuada es que si bien nuestra animalidad no conoce hostilidad, tampoco conoce bondad, siendo ajena, como lo es, al mundo circunstancial de ética, característica exclusiva de lo humano.