¿Habrá legado de Pérez Molina?

Ileana Alamilla

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Lo segundo podría servir para pensar nuestra vida cercana, inmediata. Entre las dos dimensiones temporales hay complementariedad. Cualquier viaje, por largo que sea, siempre comienza con un primer paso, como ya ha dicho la sabiduría oriental.

Todavía tenemos la oportunidad para ponernos de acuerdo sobre la dirección del camino que habremos de recorrer.

Pero para poder pensar en esos términos, hay que partir de reconocer que no estamos transitando los rumbos correctos. Aunque parezca cantaleta, deberíamos estar avergonzados con los niveles de pobreza y exclusión que existen en nuestra sociedad, con la mitad de niños (as) desnutridos, con la desigualdad que prevalece y el repugnante racismo que nos sigue caracterizando. Nadie puede sentirse satisfecho con una paz con tan poco contenido y tantas expectativas creadas hace dieciséis años, cuando fue firmada después de más de treinta y seis de cruenta lucha fratricida. Hoy, sin razones ideológicas, sigue la matanza, en un contexto de dominio creciente de poderes paralelos vinculados al narcotráfico y al crimen organizado y altos niveles de delincuencia común. La falta de expectativa y de esperanza de nuestras juventudes es una verdadera fatalidad.

Este segundo año de gobierno es estratégico para el presidente y su partido, así deberían entenderlo, pues se les va la oportunidad en un abrir y cerrar de ojos.

Quienes nos gobiernan tendrían que entender que los tres años que les quedan no deben servir para continuar haciendo negocios, queriendo incrementar el capital de los tradicionales o de los emergentes, ni para lograr una acumulación inicial utilizando el poder político.

Pérez Molina tiene una larga carrera política, con sus luces y sus sombras, que concluirá de manera categórica en el 2016. Pasará a la historia como el gobernante que dirigió el verdadero tránsito de la guerra a la paz con contenido, como el guerrero que se convirtió en estadista, o dejará el cargo como el presidente que apañó la corrupción, la mediocridad y los intereses de los mismos de siempre, del capital tradicional o emergente, cuyo principal objetivo es reproducirse exponencialmente, ignorando al pueblo y sus necesidades ancestralmente insatisfechas.

Y este es el año estratégico para definir por cuál camino transitará. Ya pasó el primero, donde las frustraciones son mayores que los logros, pues el cambio anunciado efusivamente no se vislumbra. Ya vendrán el tercero y el cuarto, donde uno será para consolidar lo que ahora inicie y otro para darle una inercia que lo blinde ante la usual debilidad que produce un año electoral para quienes ejercen el gobierno.

Este segundo año es clave para impulsar procesos que recuperen las esperanzas que muchos guatemaltecos (as) pusieron en él cuando le dieron el triunfo electoral. Todavía tiene un capital político importante, a lo cual se suman elementos que podrían facilitarle la decisión de trascender y no sólo de existir. Mucha gente aun confía en él. Sigue siendo un gobernante de un talante conservador, que le granjea la confianza de las élites hegemónicas, pero también con un conocimiento de la dura realidad que vive el pueblo pobre y excluido, que le debería permitir no confundirse al definir las prioridades de sus políticas públicas.

Veremos si se acomoda o intenta trascender.

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