AL MARGEN DEL DISCURSOA la Patria Centroamericana
En esas intrincadas redes que se tejen al querer construir un sentimiento de pertenencia, guardar equilibrio entre realidad e ideal representa un verdadero desafío. Pues no basta ser una circunscripción geográfica con cierta identidad de país para creer que se tiene una nación.
Pero tampoco es suficiente adoptar la trágica visión convertida a veces en poema, saturada de dolores, ansiedades y desesperanzas ni la quimera inalcanzable de interminables sueños líricos para sentir que se tiene una patria. ¿Dónde termina el ideal y comienza la realidad?
Cierto es que el mes del azul, blanco y azul evoca desde Guatemala hasta Costa Rica una efeméride lejana que significa históricamente el fin de una época colonial. Pero cierto es igualmente, que bien podría recordarnos que de ahí deviene en gran medida nuestro fracaso. Cómo no mencionar que las mentes obtusas de los cacicazgos provincianos no fueron capaces de visualizar el inmenso potencial de una Patria Centroamericana.
Por ello no deja de ser un contrasentido que el 15 de septiembre nos sirva también como punto de referencia en la evaluación de sueños inconclusos, inmensos lastres y eternos atavismos que todavía no permiten que el Istmo arranque. Las mezquindades locales han condenado a la región a sufrir los costos de sentirse únicos, autosuficientes, diferentes y desconfiados respecto de los demás, sin entender que separados todos somos enanos.
A contrapelo de la historia, el sentido común no ha penetrado la rancia mentalidad oligárquica de las dirigencias nacionales. ¿Cómo hacer comprender a las élites que la única posibilidad de hacer valer en algo esa libertad, independencia y soberanía de la que tanto se habla en estas fechas, radica en el valor de la unidad?
Curiosamente, ya hubo un Mercado Común que nos enseñó los beneficios del libre comercio y unos Acuerdos de Esquipulas que nos permitieron adoptar decisiones soberanas. No obstante, sería imposible cuantificar el inmenso costo de oportunidad que representa para los países centroamericanos el no querer encarar con sentido común, todo aquello que resulta obvio.
Ni siquiera ha habido voluntad política para darle un papel más protagónico al Parlamento Centroamericano. Por el contrario, continuamos siendo oprimidos por nuestros propios prejuicios ancestrales y seguimos siendo dependientes de ridículos espíritus nacionalistas, creados sobre la falsa premisa de defender soberanías entre hermanos. Hace falta garra, para transmitir un espíritu integrador, si es que queremos sobrevivir al maremagno.
Las señales no pueden ser más claras. Las grandes tendencias que orientan el camino de la Humanidad siguen presionando; las libertades fluctúan, las independencias se restringen y las soberanías se pierden. La revolución tecnológica sigue su camino inexorable, la globalización como proceso se extiende y profundiza, y la presión de los mega-bloques amenaza con triturar las insignificantes capacidades nacionales.
En el tablero geoestratégico, la región constituye un puente de altísimo valor. Una bisagra para el ALCA, un polo de desarrollo para mermar la inmigración, una seguridad conjunta para evitar el crecimiento de amenazas, un mercado común para dinamizar la economía y la alianza política para brindar estabilidad al área. ¿Qué excusa existe para no poder lograrlo?
Aunque ya existen algunos avances, si continuamos con las fuerzas dispersas, sin lograr la masa crítica necesaria, el camino no augura mejores condiciones para lograr el desarrollo, sino pérdida de mayores niveles de libertad, independencia y soberanía.
¿Qué nos queda de cara al futuro? Construir la Patria Centroamericana por nosotros mismos y con nuestras propias manos, antes de que la perdamos inexorablemente o nos sea impuesta con mentalidad diferente de Puebla hasta Panamá.