Al margen del discursoAl despertar de la anestesia
Desviar la atención, mentir con el corazón en la mano y anestesiar a un pueblo cuando se le pide el voto o mientras se ejerce el poder es parte del cerco al juicio público. Las palabras adormecen, emocionan o mueven a actuar; con ello se pierde la conciencia, y el despertar puede pasar de reconfortante a miserable, de acuerdo con el sueño o la pesadilla.
En el arte de hacer política se puede utilizar este recurso para bien o para mal. Desde este enfoque, ?arte? no se refiere a la expresión del espíritu humano que permite demostrar creatividad a través de la copia o fantasía de su propia percepción del mundo, de todo lo bello que lo habita y los misterios que encierra.
El ?arte? al que se hace mención en política presenta dos caras de una misma moneda: la del ejercicio del poder conlleva una alta dosis de preparación, conocimiento, capacidad gerencial, visión y conciencia, que permitirá a quienes hagan buen uso de ella convertirse en gestores de futuro y conductores de pueblos libres. La otra representa mediocridad, maña, doble discurso y maniobras arteras, que llevarán a sus actores a actuar con ruindad, en beneficio propio y de la horda política que le sigue, en desmedro de los demás.
La sabiduría acumulada por las naciones enseña que nunca se debe subestimar a nadie, sea adversario, competidor, gobernante o gobernado. No obstante, los hechos también demuestran que es una sabiduría peligrosa, porque si se sigue a pie juntillas el efecto puede ser devastador, pues a menudo lleva a sobreestimar a quienes mandan o a quienes son mandados.
De ese modo, cuando se trata de interpretar los sucesos surge una permanente búsqueda de inteligencia o habilidad detrás las acciones de quienes ejercen algún tipo de poder. Sin embargo, en política muchas cosas terminan por revelar, tarde o temprano, su verdadera naturaleza. Lo aconsejable es no subestimar jamás la incompetencia, terquedad, imposición o bellaquería, a fuerza de exceso.
En este juego de poder destaca la capacidad de la anestesia colectiva.
Mientras dure el efecto de la narcosis o se sobreestime los alcances del poder tendrá sentido cada frase vana que se pronuncie con la intención apuntada al inicio de esta columna. Se pensará que todo tiene un fin bien intencionado.
Pero si bien es cierto que el ?arte? de mentir con el corazón en la mano es el arma más poderosa de algunos irresponsables que hacen política, también lo es que el adormecimiento perpetuo no ofrece garantías. Una sociedad no puede seguir acostumbrada a vivir por siempre bajo el enajenamiento de fijar la atención en las ?buenas intenciones? de sus líderes, legisladores o gobernantes, sino que debe fiscalizar los resultados de sus acciones.
En tanto dure la insensibilidad colectiva que producen las promesas no se podrá medir los estragos que afronta el sistema, el régimen político o la nación entera, a causa de la incapacidad administrativa y la arbitrariedad manifiesta. Al despertar de la anestesia, vendrá el pedir de cuentas, la explicación de ofrecimientos no cumplidos, la vindicta popular y la irreparable calificación de la historia.
En estos momentos, cuando se pretende remendar los harapos de esa palabra mágica llamada diálogo, sería aconsejable definir su viabilidad a la luz del análisis racional, con base en los hechos y resultados obtenidos. Para la sociedad, comprometerse con ello será el camino para despertar de la anestesia; para el sector oficial, significará desnudar su miseria o su grandeza.