Al margen del discursoAlquimia de la revolución
Ayer se celebró un aniversario más de la gesta política que marcó un punto de referencia en la historia del país. El final de la dictadura de los 14 años y la posibilidad de abrir las puertas a la construcción de un régimen de libertad, democracia, justicia y desarrollo caracterizan ese momento de fugaz unidad popular en la consecución de un solo objetivo.
Las energías propias de un momento de movilización social como ese, siempre van a motivar profundas esperanzas. De esa cuenta, la visión en retrospectiva hacia aquel lejano 20 de octubre de 1944, seguirá siendo motivo de añoranza para un amplio grupo de guatemaltecos. La certeza de que ese suceso trascendental pudo haber sido la gran oportunidad para trazar la anhelada ruta del progreso para el país, es la mayor expresión de ese sentimiento.
No obstante, la mirada nostálgica hacia atrás no resuelve nada. Mucho mejor sería que ese punto de encuentro social sirviera para calcular el enorme costo de oportunidad que ha significado para Guatemala, el hecho de no haber podido concretar una agenda mínima de desarrollo. La evaluación como sociedad se hace necesaria, no para rasgarse las vestiduras por lo que pudo ser, sino para tomar conciencia de lo que aún se puede hacer.
De nada sirve mantener la misma actitud respecto de esa fecha, si no se está en capacidad de interpretar de forma balanceada los grandes aciertos, así como los terribles errores de una época absolutamente superada. Medio siglo después, las necesidades son las mismas, pero innegablemente potenciadas; las expectativas parecidas, más no por ello irrealizables. Algo ha pasado en el mundo desde aquel lúcido momento; la transferencia del poder es una parte de esa historia.
La alquimia inspirada por el espíritu de aquel momento, pretendió construir una respuesta a los principales males, pero la piedra filosofal que podía dar respuestas a las grandes interrogantes de aquella época, se ha quedado resguardada en una memoria histórica cada vez más reducida. La realidad actual advierte que los viejos paradigmas que ya no puedan ser readecuados, a las exigencias de los nuevos tiempos, irremisiblemente morirán. El esfuerzo debe ir en otra dirección.
Un inventario de daños, expectativas frustradas o necesidades insatisfechas, necesariamente tiene que ser complementado con los tímidos avances o con los más grandes logros, que sin duda alguna, también los hay. No se trata de ver hacia el pasado para lacerar el alma con lloriqueos masoquistas, sino para revivir el espíritu de lucha, trabajo y grandeza que pudo inspirar la luz del 20 de octubre. Libertad, educación, pleno ejercicio de derechos, organización social, participación cívica, democracia, desarrollo e imperio de la ley. ¿Cuánto se ha logrado desde entonces?
Difícilmente habrá acuerdo sobre ello, el debate tolerante y desideologizado de este largo paréntesis en el tiempo no será posible entre los guatemaltecos hasta tanto no se renuncie a la trinchera propia. No habrá posibilidades de definir las condiciones del presente, mucho menos de dibujar las alternativas para referenciar el futuro, si se continúa soñando de espaldas al futuro.
Como fuente de inspiración, el 20 de octubre seguirá siendo un paradigma visualizado en el pasado, con vigencia de presente y proyección de futuro.