Al margen del discursoAño Internacional de los Voluntarios
Como tantos hechos que ocurren en la vida, sin las luces de los grandes escenarios, ni la pompa ostentosa de los grandes eventos, una actividad poco conocida y, en consecuencia, poco apreciada, se extiende silenciosa como un claro mentis a la inalterable amargura de los pesimistas. Aunque la realidad cotidiana nos persuada a lucubrar respecto de la famosa sentencia sobre la naturaleza humana que afirma que ?el hombre es el lobo del hombre?, existen suficientes actitudes que van en línea contraria.
Una especie de bicho raro, que actúa de manera distinta, comparte en este preciso momento con sociedades necesitadas su conocimiento, la fortaleza espiritual o el inmenso valor de su compañía. El confort y bienestar personal han quedado en segundo plano. Y es que desvestidos de cualquier tipo de egoísmo, miles de personas de todas las edades ofrecen día a día el más sublime de los sentimientos que identifica la grandeza del espíritu humano.
Solidaridad es la palabra que encierra la actitud positiva de comprensión, entrega y apoyo con que un inmenso contingente de voluntarios ha construido la paz y preservado la esperanza. Desapercibidos para el aplauso general, este contingente de héroes cotidianos crea lazos de identidad con las comunidades a las que sirve enseñándoles el valor de la autoayuda y de la fuerza de la unidad social.
Esa es la actividad a la que dedican su tiempo personas procedentes de todo el mundo, empeñadas en compartir su experiencia y conocimientos para sembrar semillas de aliento para los más necesitados.
¿Cuál es su motivación? Indudablemente que existen creencias religiosas, tradiciones culturales o rasgos de conciencia social que impulsan a desarrollar esa tarea en la que muchas veces se es incomprendido. No obstante, la convicción que expresan respecto del impacto de su apoyo, sin duda les hace mantenerse impertérritos ante cualquier adversidad.
Más allá de la solidaridad espontánea que se genera en el seno de las sociedades cuando ocurren tragedias, el ser voluntario trasciende las fronteras de cualquier desastre.
Es el espíritu de servicio, el que predispone a la gente para trasladarse a cualquier lugar en donde exista la necesidad de una mano extendida.
Eso es lo que retrata de cuerpo entero la actividad, algo que no tiene precio, ni espera recompensa, más que la germinación de las miles de semillas que se han sembrado a lo largo del camino.
Este es el escenario que llevó a la Asamblea General de Naciones Unidas a proclamar 2001 como el Año Internacional de los Voluntarios, con el propósito de fomentar el conocimiento de una actividad tan noble que posee un enorme potencial para engrandecer el alma colectiva de los pueblos. El secreto está en cobrar conciencia de que la solución a la compleja realidad de las naciones no puede provenir exclusivamente de los gobiernos.
Desde el acompañamiento en los campos de refugiados en el mundo, hasta la participación en apoyo de proyectos y programas de ayuda nacional, el voluntariado resulta ser la inspiración vivida de la historia bíblica del Buen Samaritano.
Las necesidades de ayuda que seguirán siendo identificadas seguirán motivando la participación de voluntarios. Ese es el propósito del reconocimiento que fomenta Naciones Unidas para que el sacrificio del voluntariado no sólo sea conocido, sino agradecido en el fuero interno, como la expresión más sentida de humanismo.
En el Año Internacional de los Voluntarios, sirva su ejemplo para promover la extensión de esta actividad de solidaridad que atenua el dolor, la necesidad y el abandono en que se encuentran millones de seres humanos. Pero sobre todo, sirva la difusión de su espíritu de ayuda, para renovar la fe en la bondad como virtud, y en la humildad como tesoro.