AL MARGEN DEL DISCURSOCon los pies sobre la tierra
Esta semana, se ha lleva do a cabo el XI encuentro del Foro de Sao Paulo, definido como el espacio de confluencia para las nuevas expresiones de la izquierda latinoamericana y caribeña. Sin turbulencias, se puede decir que este tipo de evento simboliza el grado de apertura ideológica que ha alcanzado el país, algo que todavía, no se está en posibilidad de reconocer.
El hecho tiene un innegable valor desde la perspectiva de encuentro y diálogo, pero lo tendrá más en la medida en que las fuerzas de la nueva izquierda sometan sus juicios a la prueba del realismo. Y es que si algo hace falta es promover la discusión abierta para la renovación de ideas, porque en muchos casos, el anquilosamiento conceptual se ha convertido en un lastre para las mismas fuerzas políticas así como para los movimientos sociales.
Ejemplos existen en suficiente cantidad para probar que la rigidez ideológica aún está presente. Esto se traduce en verticalismos que no dan opción a la integración de verdaderas instituciones políticas, ni al surgimiento de un nuevo liderazgo. De esa cuenta, la posibilidad de ocupar un espacio vital en el espectro político se pierde como consecuencia de la falta de enfoque respecto de una realidad que siempre va adelante.
Tremenda tarea la que se tiene ante sí, si se apunta a diferenciar lo que es real de lo ficticio, sobre todo en la apreciación de la realidad mundial. Porque los viejos esquemas, ya son obsoletos para entender una dinámica que sobrepasa la capacidad de comprensión. El mundo actual requiere que se comprenda que los cambios se suceden a velocidades insospechadas.
Esa circunstancia requiere gran capacidad de interpretación, prevención y administración. Pues, ya no basta con decir que el corazón palpita por la izquierda, porque con eso no se contribuye a definir alternativas reales para enfrentar los efectos de uno de los fenómenos que más les desvela, como lo es la globalización, por ejemplo.
Más allá del sentimiento antiimperialista, antiliberal o antiyanqui, se trata de comprender la funcionalidad asimétrica de toda sociedad, sobre todo la mundial. Porque los discursos no van a cambiar la correlación de fuerzas, ni van a variar la inmensa masa crítica alcanzada por aquellos que poseen la tecnología de punta, los adelantos en ciencia, telecomunicaciones e informática con toda la capacidad que les otorga la posesión de ese poder.
A la realidad no puede anteponerse la utopía de ese mundo sin clases, jerarquías o dominaciones, so pena de quedar sepultado por la avalancha de hechos que documentan la Historia. Por eso es que no vale la pena reducir los esfuerzos a rasgarse las vestiduras, ni continuar profundizando ese sentimiento de víctima con que los pueblos suelen esconder su incapacidad o su falta de inventiva.
Más que ello, las sociedades necesitan guía, para saber que ese fenómeno representado por la globalización es una realidad, tremendamente desigual, y además, inevitable. No se puede negar el papel protagónico que la tecnología ha tenido, tiene y tendrá en la interconexión de un mundo que cada día se hace más pequeño para la raza humana, y por lo mismo, más interdependiente.