AL MARGEN DEL DISCURSODe la esperanza a la debacle
¿De qué noche salimos y a qué día llegamos? Parece ser la pregunta básica que cada cierto tiempo se hace posible hacer a través de la democracia formal. Urnas, expresión de voluntad popular, legitimidad de gobiernos. Afortunadamente aún ocurre.
Pero el problema hace presencia, cuando se espera que una victoria electoral permita acceder a no sé qué inéditas libertades ni mucho menos, a qué justicia suprema. Pues entonces se exalta la intencionalidad por encima del realismo, mientras se llega a niveles de convicción casi mística. Y ahí comienza la tragedia.
A finales del noventa y ocho y mediados del noventa y nueve, tuve la experiencia de apreciar in situ el significado del fenómeno político que encabezaba Hugo Chávez en Venezuela.
El sepulturero de los partidos políticos tradicionales, emergía con un mandato popular otorgado por un pueblo cansado hasta el hartazgo de los desmanes de la clase política. Pero eso no era todo.
Al igual que en otros rincones de esta América Latina, la existencia de una oligarquía criolla inepta para entender los desafíos de los nuevos tiempos servía como corolario a esa realidad, para insuflar toda una corriente de esperanza renovadora en el país.
Un cóctel demasiado peligroso: Venalidad, corrupción y mediocridad, sumadas al esquilme irracional de una de las riquezas naturales más prodigiosas del planeta.
Fue así como el Movimiento V República sirvió de centro de gravedad para constituir el Polo Patriótico, ese frente aglutinador de fuerzas de izquierda con el cual Hugo Chávez dio cuenta de los partidos históricos en las urnas, pero también con el antiguo régimen por medio de una Asamblea Nacional Constituyente.
No obstante, los temores respecto de las posibles consecuencias que pudieran derivarse del otorgamiento de plenos poderes al Ejecutivo para transformar al país, no fueron infundados.
No había necesidad de ser clarividente, para comprender que el incoherente -y casi siempre mesiánico- discurso de Chávez conduciría al pueblo venezolano en la frustrante ruta que lleva de la esperanza a la debacle.
No ha sido el concepto de revolución bolivariana en sí mismo, sino el estilo metodológico el que ha producido el desasosiego; no ha sido el señalamiento de las inmensas necesidades y carencias de las mayorías, sino la actitud polarizante con que se ha conducido el Gobierno.
Bien se sabe que gran parte de la defensa a favor del gobernante es que fue electo democráticamente, que ha promovido el acceso de las clases desposeídas a mejores condiciones de vida, que no baila al compás de la música country, y que al pobre se le cae el mundo, por ser amigo de Fidel Castro.
Pero esa es la misma excusa con que aún se pretende justificar los resultados de un arbitrario concepto del ejercicio del poder público.
Venezuela vive ahora su peor crisis política. Atrás ha quedado el sabor añejo de una democracia de cuatro décadas, que expulsó a los mercaderes del templo sobre la base de una esperanza renovadora.
Desafortunadamente, la polarización actual transformada en cisma social, no augura una solución satisfactoria para todos los sectores involucrados.
En esta coyuntura, el principal temor se centra en la altísima posibilidad de que la crisis pueda derrapar hacia el punto de no retorno. Las razones son muy claras, pues con ese nivel de confrontación la pregunta principal es la siguiente: ¿Quién está en capacidad de asegurar la gobernabilidad del país, en ausencia de Hugo Chávez?
Lo cierto es que la gran oportunidad de reforma se ha perdido. El sepulturero del partidismo tradicional se ha convertido, a su vez, en el enterrador de su propio proyecto. He ahí la gran paradoja; he ahí la gran lección.