AL MARGEN DEL DISCURSOEfímera magia de diciembre
Con un inconfundible halo de tristeza, me decía mi hijo mayor que la Navidad ya no tiene el mismo significado para él. Antes, su llegada representaba colorido, regalos, quema de cohetillos; unas veces más, otras veces menos.
Pero ahora, representa diferencias, gasto obligado por costumbre, visión de realidades cuales más ingratas. Y cuánta razón le asiste.
De cierto es que con los orígenes perdidos en los anales de la Historia, las festividades de fin de año en la cultura occidental siempre han simbolizado un familiar conjunto de tradiciones, entre las que innegablemente se entremezclan fe religiosa e ilusión. Pero los tiempos han cambiado.
La motivación para la reflexión espiritual, algo que antes orientaba gran parte del espíritu navideño, sigue siendo devorada por un afán descontrolado de consumo. Pero aún así, la actitud fraternal o el abrazo solidario se mantienen como sellos distintivos de un natural ambiente de reencuentro, y eso es parte de la magia.
En ese sentido, resulta difícil describir ese torrente de poderosas imágenes que condicionan la vivencia de este mes, pues al entrar a la vorágine de música, luces y colores, se pierde en gran medida la razón.
Sea por lo que fuere, resulta innegable el poderoso influjo de diciembre; pero he ahí el problema, pues así como viene, así se va, y la cauda dejada tras de sí no siempre es la más generosa. Pero eso es casi inevitable.
Cuando pienso en ello, creo que de todas formas deberíamos hacer un balance. Si muchas veces nos quejamos de la nefasta orientación que sufren nuestros sentidos, para ser víctimas de la mejor época comercial, por qué no preguntarnos también, si en algo vale la pena. ¿Cómo negar que ese ambiente, nos sustrae inevitablemente de nuestra propia realidad? ¿Acaso no será el escape necesario para desfogar la presión de todo un año?
De todas formas, por delante estarán los costos de un gasto mal concebido, algo así como una resaca inevitable que de todas formas hay que tratar.
Pero los momentos vividos, para aquellos que en mínima forma pudimos satisfacerlos, siempre pervivirán.
Más allá de la tragedia consumista, que deja muchos bolsillos rotos o simplemente vacíos, estará el efecto narcotizante de una felicidad efímera. Por algunos momentos, la inmunidad a las circunstancias que nos agobian, se hará efectiva.
Esto me retrotrae para recordar y hacer esa diferencia que hacía mi hijo, entre la ilusión del niño y la realidad del hombre, porque en mucho, la primera depende de la segunda. Atrás quedaron para mí aquellos tiempos en los que de igual forma esperé con ansiedad la llegada de diciembre y en la que gran parte de mi alegría no sólo dependían de la capacidad de compra de mi padre, sino del gran significado de la fe, con el nacimiento de Jesús.
Fue así como en los callejones de la colonia Primero de Julio me contagié muchas veces del encantamiento navideño. ¿Cómo olvidar el embrujo traído por los fríos días de diciembre? ¿Cómo escapar a la irrenunciable esperanza de vestir ropa o zapatos nuevos? De frustraciones, ni se diga. Mas el recuerdo va más allá de esas cosas mundanas.
La añoranza de ahora es por la ausencia de aquellas puertas de cada casa que en Nochebuena y Navidad estaban abiertas de par en par en la cuadra donde viví.
Por el ponche y los tamales compartidos, por el abrazo fraternal recibido en ese lugar casi mítico, donde las familias éramos una gran familia. Por eso es que para mí esa efímera magia no terminó con tantos diciembres, pues ha perdurado en mis recuerdos.
Diciembre siempre será, con su encanto, ese pequeño oasis en el que se retoman fuerzas. Para los creyentes, el nacimiento del Salvador. Sin embargo, su otra cara también nos recordará una cruel realidad: que la gran mayoría no puede disfrutar de su magia, aunque su bálsamo siempre esté en la fe.