AL MARGEN DEL DISCURSOEl juego de los halcones

HÉCTOR MAURICIO LÓPEZ BONILLA

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La medicion de fuerzas se acentúa. Luego de los trágicos sucesos acaecidos el 11 de septiembre del 2002, la aldea global presencia la constante irrupción de nuevos factores en el escenario que sirve de marco a la disputa de mayores niveles de poder internacional. Uno de ellos -probablemente el más trascendente- se centra ahora en torno a la probabilidad de que el Gobierno del presidente George Bush decida intervenir militarmente en Irak.

Esto ha ocupado la atención de las principales planas noticiosas, editoriales y de opinión de la mayoría de medios de prensa alrededor del mundo. Y no es para menos, ya que una acción de ese tipo ha sido sopesada con mucho rigor porque, paradójicamente, las consecuencias de la acción o inacción podrían ser impredecibles.

Lo cierto es que, para variar, la parte más sensible del asunto está constituida por la falta de claridad en términos de discernimiento. La aguda opinión pública norteamericana no está segura de qué es bueno o malo, no sólo para los intereses del mundo libre, sino esencialmente para los Estados Unidos. De esa cuenta, las argumentaciones se desarrollan más en términos de fundamentar la justeza de la causa y no las consecuencias de la acción u omisión.

Para el Águila del Norte, la disyuntiva parece presentarse en dos platos: O se filosofa ad infinitum respecto de los principios que deben regir el uso de la fuerza en la escena internacional, o se actúa con ?pragmatismo? frente a la agenda de seguridad mundial. Sin embargo, está claro que las consecuencias de adoptar cualquiera alternativa no garantiza en absoluto la ausencia de daños colaterales, inclusive para los mismos norteamericanos.

En términos más precisos, no ha sido de fácil digestión, tanto para la opinión pública nacional como para la internacional, la superposición de la amenaza iraquí con la lucha emprendida en contra del terrorismo internacional. Es entendible entonces, desde la lógica gubernamental norteamericana, que se considere que esas líneas de acción, aunque estén en planos diferentes, no son de ninguna forma excluyentes.

Por supuesto que para quienes juegan al ejercicio del poder mundial, la inacción -tanto en términos diplomáticos como militares- significa pérdida de iniciativa, restricción del campo de maniobras, imposibilidad de hacer uso de la sorpresa.

Ello en términos estratégicos representa renunciar a las capacidades otorgadas por la acumulación de una masa crítica respetable, capaz de incidir en cualquier escenario del planeta. Algo que no puede ponerse en tela de duda si se tiene convicción de superpotencia.

No obstante, el camino no está totalmente allanado. La amenaza de intervención militar también preocupa a líderes mundiales como el francés Jacques Chirac, quien ha objetado los fundamentos de la ?Estrategia de Anticipación?.

En todo caso, la parte del libreto que aún no ha sido comprendida es la que se refiere a la ?estrategia inconclusa? como motivación principal. Aquella que durante la Guerra del Golfo, con todas las justificaciones y apoyo mundial, hubiese podido llegar hasta Bagdad, para doblegar la voluntad del líder iraquí.

El desafío ahora se asentará en mantener la presión para hacer posible la verificación incondicional por parte de Naciones Unidas. La crudeza de la política real ha enseñado a través de la historia que es más probable que a los halcones se necesite anteponer otros halcones. Ni Sadam Hussein en una línea, ni Osama Bin Laden en la otra, serán convencidos por ramas de olivo transportadas por palomas mensajeras.

Disuasión, coerción o intervención. El juego siempre será el mismo. Como expresara el ex primer ministro francés Raymond Barre: ?A cada quien su hora, a cada quien su verdad?.

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