AL MARGEN DEL DISCURSOEl país de los ojalá
Colocados debajo de la cornisa, los guatemaltecos seguimos atrapados por el desafío diario. A falta de visión estratégica compartida, a fuerza de tradicionales divisionismos sociales, ese futuro del que poco se habla no parece ser nuestra esperanza sino más bien, una condena imposible de evitar.
¿Pesimismo? ¡Por supuesto que no! No es que el desaliento cobre terreno, pero sí el hecho de aceptar que el ejercicio de verse todos los días al espejo desde la perspectiva de nación, permita reflejar imágenes que distorsionan la realidad de cuanto acontece en el país.
Al igual que en el cristal, lo que vemos en el lado izquierdo no es sino el reflejo de lo que en verdad está en el lado derecho. Sin embargo, en Guatemala nadie parece aceptar equívocos o lo que es peor, todos pretendemos tener la razón.Es así como en la supuesta búsqueda de mayores niveles de tolerancia, resultamos ser intolerantes, y, algunas veces, también intolerables.
El espacio en el que nos movemos es tan pequeño, pero nuestra capacidad de ver e identificar se ve dramáticamente limitada. La interpretación de los hechos significa nuestra verdad propia, pero sobre todo, con la categoría de plena, absoluta e irrefutable.
Enfrascados en el debate del presente, revivido a cada paso por los fantasmas del pasado, dejamos de lado la construcción del futuro. Y no es que se pretenda olvidar la inmensa tragedia del ayer o cerrar los ojos ante las insaciables necesidades que atormentan a gran parte de nuestra sociedad. Pero está claro, que mientras marcamos el paso en el mismo lugar, los hechos nos rebasan, las oportunidades se pierden y las brechas se ensanchan.
El corto plazo capta toda nuestra atención porque representa la lucha diaria por sobrevivir. Empero, esta situación ahoga el desarrollo de cualquier posibilidad de previsión, prevención y respuesta, ya no digamos de desarrollo. La sumatoria de nuestros índices más delicados nos augura escenarios más complicados a medida que pasa el tiempo y sigamos sin plantear, sin acordar, sin resolver.
Mientras tanto, nuestro planeta sigue girando a la misma velocidad sobre su eje sin detenerse un solo segundo. ¿Cuándo podremos entender que nuestro futuro no depende del lamento, sino de las posibilidades de superar nuestra imperdonable inacción? Mas la perniciosa tendencia a producir lástima sigue dirigiendo nuestras vidas, ahogando las esperanzas sin posibilidades de conducirnos a algún lado.
Por algo decía Evelyn Blank en días pasados, que los ?ojalás? siempre le han sonado a un cantinflesco ?de plano que no pero quién sabe?. Más desde mi muy subjetiva perspectiva, me parece que el ?ojalá? no es sino la obligada expresión que nos obliga a no dejar tirada la esperanza.
Esa expresión de fervientes deseos porque algo ocurra, que no deja todo a la voluntad humana sino también a los designios de la naturaleza, el destino o el poder de un Ser Superior cuanto esperamos que suceda, no es un simple lamento; es, sobre todo, una manifestación extrema de fe en lo inescrutable.
Pero hay algo que no se puede negar: Guatemala es el país de los ojalá. ¿Saben por qué? Porque siempre estamos esperando que otros hagan, actúen o decidan por nosotros. Porque aunque sea una expresión de fe en extremo, resulta más cómodo unificar deseos y confundir las posibilidades de lo que humanamente se puede hacer, con aquello que está más allá de nuestro control y alcance.
Ojalá se tuviera buenos políticos. Ojalá los funcionarios no abusaran. Ojalá las elecciones fueran limpias. Ojalá que se sepa la verdad. Ojalá que no nos vayan a engañar. Ojalá que la sociedad tome conciencia. Ojalá no empeore la situación. Mas eso resulta tan ambivalente como decir: Ojalá que llueva suficiente u ojalá no llueva demasiado.
Ojalá que los ojalá no dominaran nuestras vidas, para que la antigua expresión árabe: wa sha´ Allah, ?quiera Dios?; de donde proviene el ojalá en nuestra lengua, significara tan solo un complemento. Pues el ojalá no forja futuro, sólo mantiene viva la fe y la esperanza.