Al margen del discursoEl tercermundismo pesa en el alma
Parece que no basta el constante incremento de signos y síntomas, para tomar conciencia del grado crónico que padece el pueblo guatemalteco, merced a su inocultable realidad socioeconómica. La marcha campesina llevada a cabo el viernes último encierra tantas realidades como interrogantes, pero, más aún, devela la ausencia total de un derrotero que, como sociedad, nos permita al menos esbozar un pequeño cuadro de esperanza.
Pese a que el clamor por la tierra resulta ser una de las más sentidas expresiones de necesidades no satisfechas, las demandas y respuestas tradicionales son dos caras de una misma moneda. La anacrónica mentalidad agrarista presenta un enfoque erróneo de esa realidad, pues aunque se venda como panacea insustituible, el acceso a la tierra, por sí solo, no soluciona nada.
Bien se sabe que éste podría ser un paliativo de subsistencia para unos cuantos, pero jamás para todos. No obstante, en el maremagno de problemas que afronta el país, esa situación potenciada se ha agudizado gracias a la convergencia de factores externos, multiplicados ahora, de forma exponencial, por la gravedad de los ataques terroristas perpetrados en Estados Unidos.
Las consecuencias económicas para Guatemala y Centroamérica, derivadas de esos sucesos, son verdaderamente alarmantes. Ya no sólo está sobre el tapete la obsolescencia de un modelo agro-exportador agotado ni la dicotomía latifundio-minifundio que ha sustentado gran parte del debate ideológico del país.
Es en estos momentos cuando se sufre con mayor dramatismo la debilidad que implica la dependencia de un patrón productivo que aún basa gran parte de sus exportaciones en la línea impredecible de los productos tradicionales.
Sujetos a los vaivenes del sistema de cuotas, la más lamentable de las situaciones se experimenta ahora en carne propia con la caída de los precios del café, cuya recuperación se prevé prácticamente irrecuperable. Esa debilidad de la economía nacional y centroamericana se agudiza en la actualidad con el impacto que las mismas van a sufrir, a causa del proceso recesivo que experimenta la economía estadounidense, la cual se ha acelerado por los hechos del 11 de septiembre.
Es en momentos como este cuando se siente que el tercermundismo, de verdad, pesa en el alma. A las graves secuelas que originan circunstancias imprevisibles, se suma la falta de capacidad de los líderes para visualizar en prospectiva.
La falta de visión y creatividad para brindar soluciones integrales a la miríada de problemas no es sólo nuestra gran miseria como sociedad, sino también, y en especial, una inmensa cruz que cada día que transcurre aumenta de peso y dificulta el avance en este tortuoso camino.
¿Cómo va a sortear Guatemala la encrucijada que se avecina? ¿Con un gobierno enfrentado a la empresa privada? ¿Con un Congreso que privilegia leyes para beneficiar a unas pocas personas? ¿Con un Estado en quiebra que pretende llenar sus arcas de la manera que fuere, sin comprender que el país se encuentra, de igual manera, en un período de vacas flacas? ¿O mediante la continuidad de medidas absurdas que terminarán por ahuyentar la inversión internacional que queda en el país?
El escenario que se empieza a dibujar frente a nosotros merece que se asuma con responsabilidad no sólo el análisis sino también la acción, con el propósito de ponerle remedio a la situación de emergencia en ciernes. Más vale que se deje de lado las inculpaciones, los lamentos y las excusas demagógicas, porque, ahora sí, el país se nos está yendo de las manos.