AL MARGEN DEL DISCURSOEn vigilia por el patio trasero
Un principio insoslayable para comprender la realidad que prevalece en el mundo está constituido por el entendimiento de cómo funciona el poder de las naciones. La verdad es que, para evitar frustraciones, no hay nada mejor que tener presente que, antes que buenas intenciones, los países tienen intereses.
Ese es el punto de partida para saber las dimensiones que tiene el planeta, así como el concepto que cada pueblo tiene de su propio papel en ese ambiente macro. Lamentos más, lamentos menos, existe toda una lógica de acción que tiene sustento en cómo una nación se ve a sí misma. Tremenda desventaja para aquellos que no sólo no comprenden la magnitud del escenario global, sino que ignoran su propia ubicación en ese contexto.
Sale esto a colación, como consecuencia del nuevo papel que ha ido asumiendo Estados Unidos en el contexto mundial, merced a la finalización de la Guerra Fría, y de los acontecimientos de septiembre del año pasado. La agenda de seguridad de esa Nación se ha replanteado; y esto no es exclusivo de su poderío militar.
Más allá de todo ello existe un modelo político y económico cuya incidencia en la tendencia mundial, por ahora, es inevitable. No debe perderse de vista que el poderío de las naciones ya no sólo se basa en la acumulación de riqueza o en el control territorial. El dominio del conocimiento tan disperso, por la vía del acceso a recursos tecnológicos, marca diferencias definitorias.
Desde esa visión, la lógica de la potencia se mantendrá dirigida por la orientación que marquen sus intereses. Con mayor razón, ahora que se ha consolidado la posición del presidente George W. Bush, luego de las recientes elecciones que le dieron el control bicameral al Partido Republicano. No son las barras color rosado pastel de finales de los años setenta, sino las de rojo vivo del marco de la Guerra del Golfo, las que ahora están en el mando.
Irak tendrá que sopesar con cuidado sus respuestas, luego de la resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Peor aún, el fortalecimiento de la amplia red de agencias de inteligencia en el mundo para alertar respecto de posibles acciones terroristas será un hecho. ¿A quién más le puede tocar su turno?
Por supuesto que en todo esto no se descuida el patio trasero. La razón es que al Sur del Río Grande las cosas no marchan bien. Salvo raras excepciones, Latinoamérica se debate en una profunda crisis económica y política: Argentina en quiebra, Venezuela en la antesala de la guerra civil, Colombia desgarrada por la violencia irracional de narcoguerrillas y paramilitares, y Brasil, en el foco de máxima atención.
No es, entonces, sólo el aumento de fenómenos que pueden ser considerados como amenazas para la gran Nación del Norte, porque impactan directamente a su sociedad. Cárteles de droga, inmigración masiva de ilegales, redes internacionales del crimen, posibles santuarios para terroristas internacionales. Es, además, la incertidumbre política que se vive en todo el Hemisferio.
Para los planes de la agenda económica es, en esencia, la pérdida de la confianza. La corrupción ha atravesado como si fuera un movimiento telúrico, toda la Cordillera Americana de Norte a Sur. Es el duro despertar, ante la caída de gigantes de auditoría de procesos como Arthur Andersen en su complicidad con estafas multimillonarias, hasta el descalabro administrativo de gobiernos en el continente.
El futuro del ALCA está en juego. Por eso es que la atención también está puesta en el patio trasero. De eso no cabe duda. La potencia está en vigilia, y, eso, en absoluto, representa ninguna broma. Principalmente para Centro América, que puede jugar el papel de bisagra si enfrenta el desafío o de tapón si no lo entiende.
¿Oportunidad o condena? Da lo mismo. Depende cómo se quiera ver.