Al margen del discursoIdiotismo suma cum laude

HÉCTOR MAURICIO LÓPEZ BONILLA

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Escribia hace unos meses que ya nada debería extrañar respecto de las ?genialidades? que se fabrica la bancada del FRG en el Congreso, porque se ha vuelto costumbre la aprobación de leyes sin sentido, que en la mayoría de casos no responde a los intereses de la nación sino a particulares propósitos del partido. No obstante, lo que no deja de asombrar es la persistencia con que se mantiene esa actitud, y, más aún, la torpeza con que ejecutan sus acciones.

¿Ineptitud o mala fe? Cualesquiera que sean los motivos, resulta ser una verdadera tragedia que el país se encuentre sujeto al capricho, ignorancia o perversidad de ciertos diputados. De hecho, no han comprendido que a mayores tonteras expresadas en esa diarrea legislativa sin razón, mayor ha sido el reflejo de su terquedad e incompetencia. Esa es la verdad palmaria.

Aquellos que deberían ser dignos representantes del pueblo, se han convertido en una patética expresión de incompetencia. Duele decirlo de esta forma, porque no puede ser de otra. El partido que ha sido señalado de ser expresión de oscurantismo conservador, autoritario y mesiánico, no ha sido capaz ni siquiera de ocultar su verdadero rostro, mucho menos de sustraerse a tentaciones totalitarias.

La reciente aprobación de la Ley de Colegiación Obligatoria, último adefesio legislativo, se ha convertido en la mejor muestra de todo lo aseverado. Pero más aún, ese vergonzoso mamarracho devela la increíble confusión conceptual que el partido oficial tiene respecto de lo que es estado de Derecho y estado de Legalidad.

Para estos politiqueros, la Constitución de la República, garante de derechos inalienables, se ha convertido en un gracioso documento, síntesis caricaturesca de principios, a la cual pretenden tratar como papel sanitario.

Si el criterio medieval de los ?notables? diputados del FRG fuera correcto, la colegiación obligatoria hubiera impedido ejercer el periodismo a Gabriel García Márquez -un simple ?Premio Nobel de Literatura?- así como a Mario Vargas Llosa, Carlos Alberto Montaner, Carlos Fuentes, Eduardo Galeano o Mario Benedetti, para darle tan sólo un vistazo a una pequeña parte de lo más notable en el ámbito internacional.

De igual forma, ni Andrés Oppenheimmer -ganador de los premios Pulitzer, Ortega y Gasset, y María Moors Cabot-, Jorge Ramos Avalos -reportero, analista y entrevistador de Univisión- o Luis Pazos -brillante economista mexicano- podrían escribir en los periódicos guatemaltecos, aunque sean analistas de CNN, The Miami Herald o los principales periódicos de México. Y, ¿qué decir de las plumas nacionales? Bajo ese absurdo, ni el mismísimo Miguel Angel Asturias, -otro insignificante ?Premio Nobel de Literatura?- si resucitara, podría escribir en su propio país.

La intención de esa ley no puede estar más clara. Se pretende con ello amordazar la libertad de expresión del pensamiento, garantizada en la Carta Magna. Esto incluye neutralizar la fiscalización del poder que se ejerce a través de la prensa, y castrar el derecho a emitir opinión que tiene cualquier ciudadano. Semejante desatino merece ser calificado por su ?brillantez? de acuerdo con la gradación que hacen ciertas universidades para reconocer y promover la excelencia.

La calidad Cum Laude se otorga a aquellos estudiantes cuyo desempeño ha sido notable; mucho más que la aprobación de la nota mínima. Magna cum laude, para quienes obtienen un desempeño admirable y extraordinario, y, Suma Cum Laude, para los que logran una ejecución que no pudo haber sido mejor. Todo esto, desde la obtención promediada de 85 puntos hasta el difícilmente obtenible 100.

En este maravilloso ejercicio que permite hacer el lenguaje, la analogía entre la brillantez de la excelencia académica y la insuperable ignorancia de la bancada oficial no sólo es válida, sino también, y, por supuesto, paradójica. Esta tontera del FRG merece la más alta de las notas en cuanto a mediocridad, espíritu antidemocrático y siniestras intenciones. Ese nivel de idiotismo sólo puede merecer la máxima distinción: el Suma Cum Laude.

El presidente Alfonso Portillo no tiene otra opción más que vetar esa absurda y discriminatoria ley. Por vergüenza moral no puede convertirse en comparsa de tan prepotente estupidez.

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