ALEPH
Nacer sin pedigrí
A veces, mis padres hacían una espuma espesa de jabón para ponerla en las ramas del árbol de Navidad, a manera de nieve. Era el tiempo de la Guerra Fría y de las recetas importadas sobre cómo ser feliz en un hogar equipado con televisor, bebidas carbonatadas y aspiradora. Era cuando hablar de pobreza o desear que todos vivieran como gente en Guatemala significaba ser comunista (increíble que haya gente que aún se cobije bajo esa obsesión).
Entonces, dar un suéter o llevar un tamal “donde los viejitos” durante la época navideña era lo más cerca que se estaba de la gente pobre, porque la caridad y la visión asistencialista mandaban por encima de una adormecida y muy golpeada consciencia social. Pero las cosas parecen estar cambiando. Hubo niños y niñas en las manifestaciones de la Plaza de la Constitución, sobre los hombros de sus padres. Esto es construcción de futuro. Recién recibo una foto de niños y niñas de cuatro años de clase media, comenzando a relacionarse con la realidad de su país y llevando —junto a miembros de sus familias— sus propios juguetes a quienes no los tienen. Esto es desarrollo de la consciencia. Veo a más jóvenes interesados en su país, lo cual es noción de presente y proceso. Y en los medios y las reuniones sociales, gente de todas las edades habla más abiertamente de la realidad de una Guatemala que golpea por todas partes, y no solo para señalarla, sino con frustración, con vergüenza y con ganas de cambiarla. Esto es salir del silencio y ejercitar el músculo social para la acción.
Este país no es pobre, sino que ha sido empobrecido. Demás está hablar de la reciente Encuesta Nacional de Condiciones de Vida, que destapó la obscena cifra de 9.4 millones de pobres en Guatemala. Ello nos recuerda las enormes paradojas humanas.
Cada año, durante estas fechas, en una buena parte del mundo se celebra, al ritmo de las tarjetas de crédito, el nacimiento de un niño que en su tiempo, como adulto, fue torturado, vilipendiado y crucificado. En su nombre y por su sacrificio, estamos supuestos a amarnos los unos a los otros durante esta época. Esto me recuerda aquella fábula de Tito Monterroso, denominada La oveja negra: “En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.”
Al ritmo de la fábula de Monterroso, celebramos hoy el nacimiento de aquel niño sin pedigrí y sin muchos “fans” que ahora, de lejos, hasta tiene ojos azules. En Guatemala, durante un solo día de la semana pasada, cuatro niños, niñas y adolescentes reflejaron la sociedad que somos: muy temprano, un niño de 11 años disparó al cráneo de un piloto; al final del día, dos bebés murieron por falta de oxígeno en un hospital público; horas después, dos adolescentes aparecieron decapitados en una cuneta. Todos sin pedigrí. A eso le llamo hacer escultura.