Concluía en mi artículo el viernes pasado, que la tierra no es un fin en sí mismo, sino uno de los tantos medios para alcanzar prosperidad. La tierra que se compre y distribuya a campesinos deberá pasar por un filtro de selección, que permita evaluar si el campesino beneficiado tiene vocación agrícola o no. El problema es simple: las tierras de vocación agrícola son caras y, al tomar en cuenta el costo/ beneficio de la inversión, obliga a que el uso de la tierra sea con una orientación de alta productividad.

La mayoría de las tierras en Guatemala no son de vocación agrícola sino forestal. Sería una calamidad ecológica que se utilizaran esas para otra cosa que no fuese su vocación natural. Se deben implementar proyectos forestales. El bosque puede explotarse comercialmente con la misma factibilidad como cualquier plantación.

Traigo a colación este tema por la observación y la experiencia personal de hace ya más de una década, cuando un grupo de amigos decidimos hacer algo por los campesinos del interior al darnos cuenta de la tremenda limitación que padecen.

En 1983 gestionamos una ONG (el trámite requirió un año. Es difícil ayudar en Guatemala…) y comenzamos a estudiar científicamente la problemática campesina desde un ángulo antropológico, agronómico y de desarrollo comunal. Algunos ya teníamos amigos campesinos de quienes recibíamos retroalimentación de las diversas formas asociativas que se adaptaban mejor a su cultura y su idiosincrasia. Después del estudio, se concluyó que el mejor modelo sería una adaptación del Moshav israelita, organización comunal que está basada en la propiedad privada y en la infraestructura en común.

De la adaptación de este modelo nació lo que hoy denominamos la AGROALDEA, organización comunal con un enfoque integral, que toma en cuenta las principales necesidades de la familia: Educación, salud, vivienda, agua, letrinas, desarrollo comunal, desarrollo agropecuario, infraestructura productiva, comercialización, desarrollo artesanal y micro-empresa.

En la AGROALDEA nada se regala (a menos que sea una donación específica). Cada persona comienza a pagar con intereses blandos, hasta el momento en que la productividad permite amortizar algún excedente. Todo se devuelve a un fondo común, lo cual asegura la continuidad del programa y la apertura de nuevos proyectos.

Cada AGROALDEA elige su comité y éste se coordina con los técnicos de la ONG. El comité tiene -con la anuencia de la mayoría de la comunidad- la autoridad de aceptar, rechazar o expulsar a un miembro que no se adapta a la modalidad y la visión de la AGROALDEA.

Después de años de bregar en un experimento que fue aprendizaje mutuo y 11 fincas compradas y repartidas entre más 400 familias, podemos hablar, juntos -ellos y nosotros- con alguna autoridad, de lo factible y lo quimérico.

Entre las conclusiones más importantes, se ha observado que no todos los individuos están dispuestos a asociarse. Entre cientos de campesinos candidatos, sólo algunos tienen auténtica vocación agrícola; algunos tienen vocación artesanal; algunos pocos, inclinación por los estudios; otros son líderes; otros, comerciantes; algunos son artistas; abundan los indolentes; muchos sólo quieren dedicarse a su milpa, y hay algunos que a pesar de tener conciencia de su pobreza, no saben ni quieren salir de ella.

Lo anterior demuestra que el desarrollo del campesinado guatemalteco no puede circunscribirse alrededor de una estrategia que se enfoque únicamente en la tierra, sino más bien en las oportunidades que se abren cuando se propician las inversiones y se generan riquezas.

La oferta de empleos, la competencia por la mano de obra, la ampliación de los mercados regionales, el desarrollo de infraestructura y el facilitar a las ONG´S el poder llevar a cabo su trabajo -que por la naturaleza misma de sus ideales- son algo así como la punta de lanza de la evolución de la sociedad en donde se encuentran las formas más altas de la solidaridad humana. Todo esto es parte de un todo, íntimamente ligado e interconectado, que responde como un organismo a diversos tipos de estímulos. El papel del Gobierno es pues, crucial: No estorbar…

¿Qué queremos estimular? La desunión y la parálisis productiva y por consiguiente, la pobreza que genera más confrontación? ¿O la actitud proactiva, fraternal, que busca soluciones de largo plazo, económica y técnicamente factibles, generadoras de inversión y productividad? No sé por qué…Todo esto me suena al viejo cuento entre el bien y el mal…

ESCRITO POR:

Alfred Kaltschmitt

Licenciado en Periodismo, Ph.D. en Investigación Social. Ha sido columnista de Prensa Libre por 28 años. Ha dirigido varios medios radiales y televisivos. Decano fundador de la Universidad Panamericana.