DE MIS NOTASPor media hora más
La neurosis nace en las largas colas que se sufren a diario. En cada bus abusivo que detiene el tráfico para bajar y subir pasajeros sin ninguna consideración por los paralizados, frustrados e impotentes automovilistas que vienen atrás. En cada automovilista demente que se atraviesa, o no avanza, o maneja a la izquierda, justo a la altura de otro soñador que va a la misma velocidad en el carril derecho deteniendo todo el flujo de tráfico en ambos carriles.
La neurastenia vehicular de seguro se gesta con tanto piloto inexperto manejando sin ningún conocimiento de las leyes de tránsito. Totalmente imprudente y absolutamente peligroso para el resto de automovilistas, incluyéndose a él mismo.
El síndrome del piloto frustrado es quizás la característica común de la mayoría de los que manejamos en esta orbe, caótica y desordenada, llamada ciudad de Guatemala. Semáforos mal diseñados; intersecciones sobrecargadas de flujo vial; avenidas estrechas; irrespeto a las leyes de tránsito; camionetas conducidas por dementes aún más enfermos, hacen que las largas horas perdidas en medio del tráfico sean un suplicio difícil de soportar.
Cuando viajamos al interior nos llevamos ?la dolencia? a bordo. Entonces la pelea es contra las camionetas extraurbanas, el transporte pesado y otros conductores automovilistas suicidas. La frustración aumenta, apretamos el acelerador y el resultado es que cuando podemos correr, el deseo por ir a toda la velocidad se convierte en una ansia difícil de controlar.
Y entonces tomamos riesgos. Una curva demasiado aprisa; un mínimo error de cálculo; algún imponderable imprevisto: Diesel derramado en la carretera; arena dispersa en el lugar menos apropiado; otro conductor imprudente que se nos viene encima. El resultado es que por manejar a una ?velocidad? excesiva, el accidente ocurre y la tragedia nos cambia la vida en un instante.
Las estadísticas son interesantes para motivarnos a reflexionar. Pocos automovilistas están enterados de que el 90 por ciento de los accidentes en las carreteras ocurre por exceso de velocidad. Nueve de cada diez accidentes ocurren en velocidades arriba de cien kilómetros. En proporción directa, los accidentes disminuyen conforme decrece la velocidad. ¿Interesante, verdad? La explicación es totalmente lógica. Un vehículo a gran velocidad es mucho más difícil de controlar que uno que es conducido por debajo de los 70 kilómetros por hora.
Si sumamos la conducción a una velocidad alta, más la toma de riesgos, el factor de posibilidades de un accidente aumenta exponencialmente. Y entonces surge la pregunta ¿Por qué tomamos riesgos sabiendo el ?riesgo? que corremos? ¿Qué se gana con ir más aprisa? ¿Llegar a nuestro destino ?media hora? antes? ¿Veinte minutos? ¿Quince minutos? ¡Que precio más alto por segar las vidas de familiares, la propia y las ajenas!
El asunto se reduce a una cuestión de actitud. De entendimiento. Manejar despacio conlleva muchas ventajas. La tensión y atención que exige la conducción de un vehículo es mucho menor que cuando se conduce a alta velocidad. Se puede apreciar la belleza del paisaje. Además, manejando despacio permite gozar de la tertulia y la compañía que se lleva a bordo.
Hay tantos casos de amigos y familiares muertos o heridos en accidentes viales, que los números duelen. Duelen porque se pudieron evitar. Vidas prematuramente segadas o cambiadas para siempre, por ganarle unos minutos al reloj… Media hora más tarde a cambio de conservar la vida propia, la de los seres queridos y acompañantes -además de gozar el momento- es una transacción sabia. ¿Acaso la vida no es un obsequio divino íntimamente ligado al gozo del tiempo?
Como reza el refrán: ?Por vida suya?… Maneje despacio.