CON OJOS DE MUJER – Cien años de plenitud

MARTA PILÓN

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En su novela Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez relata la saga de vida de los habitantes de un pueblecito llamado Macondo. En efecto, en esos cien años hay muchos sucesos de vida, pero no de plenitud. Todo lo contrario es el caso de doña María Concepción Molina Rubio de Valladares y Aycinena —la querida Mariíta—, que hoy cumple cien años de una vida de plenitud, de risas y amor, sin soledad, transcurridos aquí, en el viejo mundo y en la Casona, solariega y centenaria mansión familiar. Cuando se piensa en cien años, nos vienen vivencias de una vida muy diferente de la actual, con tranquilidad, elegancia, buenas maneras y familia unida. Mariíta nació del hogar formado por don Acisclo Molina Izquierdo y doña María Rubio Aguirre, su abuelo fue don Tácito Molina Guirola, salvadoreño, que emigró a Guatemala y aquí se casó con doña Carmen Izquierdo Hurtado de Mendoza; tuvieron varios hijos, entre ellos Acisclo, el papá de Mariíta, y el abogado y político don Tácito Molina Izquierdo, prócer del movimiento unionista centroamericano. Mariíta creció entre encajes y mimos, se educó en los mejores colegios de señoritas y con maestros privados, pues en ese tiempo no había coeducación ni universidades que aceptaran mujeres. Era bella, los mejores poetas de ese tiempo le cantaron, Antonio Rey Soto le escribió: “Las más preciadas joyas que tenía, tomó el creador de su mejor tesoro, mezcló virtud, belleza y simpatía y las fundió, y así naciste tú, bella María”. Otro gran poeta, Máximo Soto Hall, dice: “Dióle una de ellas fulgor de sol para sus negros y bellos ojos, puso la otra rico arrebol de mil claveles en sus labios rojos”. Como es ley de la vida, conoció al gentil y guapo caballero don Luis Valladares y Aycinena y se casaron, teniendo un feliz matrimonio que celebró Bodas de Oro y más. Sus hijos, que todos viven, son: Luis Domingo, poeta, escritor y actor; María del Rosario, reina nacional de belleza; Lucía, multifacética, política y diplomática al lado de su esposo; María Dolores, murió al nacer y nunca ha sido olvidada por Mariíta; Rodrigo, Abogado; y Acisclo, también Abogado, político y diplomático. Su descendencia es un hermoso ramo de nietos y bisnietos. Conocí a Mariíta y a don Luis desde joven, por amistad con sus hijos, siempre atentos, gentiles y cuidándonos. Cuando los hijos crecieron, entraron en el servicio diplomático, sirviendo a Guatemala como Embajadores ante el Vaticano por 18 años y en España, tres años. En el Vaticano fueron Decanos del Cuerpo Diplomático por 10 años, caso poco común. Su casa, la Embajada, siempre estuvo abierta y acogedora, como la de Guatemala, para recibir a cualquier compatriota o amigo de nuestro país. Es más, se fue con ellos como parte de la familia, María Tamayac, la nana, que hacía comidas chapinas y usaba su traje típico con orgullo. Ellos, todos, representaron siempre a Guatemala con toda la dignidad y amor posibles. Mariíta recibió muchas altas condecoraciones, por su inteligencia, gracia, ingenio, generosidad y amor cristiano, que perduran en ella aún a los cien años. Especialmente, debe reconocerse su don para haber mantenido una gran familia unida, digna, sin tacha, ejemplo para Guatemala. Esta gran dama, hoy, al cumplir sus cien años de plenitud, bien puede decir como el poeta: “Vida, nada me debes. Vida, estamos en paz”. martapilon@intelnet.net.gt

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