Opinión

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Fracasó el moralazo, como falló el serranazo

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

Quien ignora la historia está condenado a repetirla. El moralazo anunciado al viernes fracasó, como ocurrió con el serranazo de 1993. Pero tuvo efectos, no los soñados por quienes organizaron la torpe comedia moralejera de los tiempos del programa televisivo. En esa ocasión, pocas horas después, ya los principales países se habían pronunciado en contra. La ciudadanía daba muestras de rechazo. El desesperado y débil presidente debió salir por la puerta trasera, insultando a los periodistas. Ahora, el también desesperado y débil mandatario se lanzó al vacío y en pocas horas los guatemaltecos estaban enterados y habían confirmado las sospechas de un rocambolesco ataque contra la Cicig y una circense “demostración de fuerza” frente a la embajada estadounidense.

El primer afectado fue el ejército, como institución. En 1993 actuó en defensa de la institucionalidad representada por la Corte de Constitucionalidad. El viernes, en pocos minutos y a causa del tropel de oficiales de alto rango y de policías hizo regresar 25 años esa imagen a los tiempos de las dictaduras militares. El discurso del viernes, de nueva alabanza a los castrenses, solo comprobó la debilidad de su posición, aumentada por la orden perentoria de la CC para obligarlo a explicar por qué usó los vehículos militares con ametralladoras cargadas para recorrer calles. La absurda idea de explicar la ausencia de los ministros porque no sabían nada solo aumentó la hilaridad ciudadana.

"Talvez el presidente quiere irse, pero ahora ya no puede hacerlo porque ha caído en sus propias redes".

Llegar con 60 militares para hacer un anuncio de ese tipo solo a quienes lo mal asesoran se les pudo haber ocurrido. En el campo internacional, logró convertir esa bufonada en la primera noticia de CNN, el viernes, junto con la expulsión ordenada por Daniel Ortega del personal de Derechos Humanos de la ONU. Por supuesto, no tardaron los mensajes adversos de miembros del Senado y del Congreso estadounidense, de ambos partidos. Internamente logró dos mensajes de apoyo: uno, del llanero solitario del Congreso, Álvaro Arzú hijo; otro, del autonombrado analista político Ricardo Méndez Ruiz, quien dos días antes lo había calificado de “cobarde”. Y hasta su mayor apoyo entre los columnistas aseguró no querer darle consejos porque “hace lo que se le da la gana”.

A mi juicio, no es “lo que se le da gana”, sino “lo que le ordenan decir”. Logró también señalar su dependencia del grupo militar ahora en control. La cantidad de militares apadrinándolo fue mayor al de quienes acompañaron a Ríos Montt cuando anunció el golpe de Estado de 1982. Morales logró así despertar los temores de un regreso a los gobiernos castrenses, pero esta vez a causa del miedo por el avance de la justicia, de lo cual es caso claro la captura de Melgar Padilla. Fracasó en su intento de mezclar, una vez más, religión con política, y el sábado los dirigentes religiosos desautorizaron el intento de aprovechamiento de una manifestación en el parque en contra de la ley pro aborto, tema irresponsablemente agregado en el discurso del moralazo.

Fue un intento de golpe de Estado, también al estilo de Serrano. Esta calidad se la otorga el plan de desconocer a la Corte de Constitucionalidad y el contubernio del Congreso, también desesperado por el avance de las investigaciones del Ministerio Público. Políticamente hablando, el anuncio deja un año para encontrar proyectiles políticos nacionales e internacionales. Aun si aplica el espíritu muerto de la ley y saca a Velásquez, ello no le asegura un sucesor complaciente, sino peor, según el criterio de la juntita, o del Congreso, conocido como la clica novenera. Al enfrentarse a la ONU, con el moralazo quemó una nave y ahora quedará el tiempo de su período recibiendo palo tras palo. Su defensa la confiará a la canciller, lo cual permite predecir otra derrota. El resultado del moralazo resultó ser un logro para sus adversarios políticos.