Palabras de papelDignidad presidencial

EDUARDO P. VILLATORO

|

Con mucho desconocimiento de su personalidad, de su trayectoria política y aun tomando en consideración los errores que seguramente cometió y que derivaron en su honrosa salida del poder, a mí me merece especial respeto el ex presidente argentino Fernando de la Rúa.

Como posiblemente usted está enterado, los problemas económicos y financieros de Argentina hicieron crisis a mediados de la semana pasada con el desbordamiento popular, que provocó lamentables muertes de manifestantes y comercios destruidos por turbas desesperadas.

El hasta entonces presidente De la Rúa impuso el estado de sitio como medida extrema para calmar los ánimos, a la vez que intentó alcanzar acuerdos con la mayoritaria oposición justicialista en la Asamblea Legislativa, pero al no obtener resultados positivos no se empecinó en mantener sus posiciones y ni se aferró al cargo, como cualquier político demagogo sediento de poder y riqueza.

En un gesto que lo enaltece, en la carta de renuncia que él mismo redactó, dirigida al presidente del Senado, don Fernando advierte que ha tomado esa decisión con el objeto de ?asegurar la gobernabilidad? y en la confianza que con ello ?contribuirá a la continuidad institucional de la República?, y finalmente, humildemente pide a ?Dios por la ventura de mi patria?.

Al contrario de otros gobernantes latinoamericanos que cuando se han visto obligados a dimitir o han sido defenestrados violentamente por golpes de Estado, se ocultan vergonzosamente, el presidente De la Rúa no se escondió de los periodistas ni de sus conciudadanos, sino que retornó a la casa de gobierno para despedirse sencilla y calmadamente de sus más cercanos colaboradores, incluso del personal de sencillos estamentos en el escalafón burocrático.

En este encuentro con la prensa, Don Fernando justificó su renuncia porque había oído la ?voz del pueblo?, que rechazó abiertamente las medidas económicas que su Gobierno impuso por consejo de Domingo Cavallo, el también dimitente Ministro de Economía, y bajo la presión de instituciones financieras internacionales, a las que no les importa el bienestar popular, porque funcionan sólo bajo el signo imperturbable del dólar norteamericano.

Más que el pueblo argentino, fueron el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial con sus políticas neoliberales los que botaron al doctor De la Rúa, quien no se fue por la puerta trasera, como vulgar delincuente, sino que tuvo la dignidad de optar por el respeto a las reglas del sistema democrático.

(Romualdo, secretario de un presidente latinoamericano, le avisa: En la sala de espera está el nuncio y el delegado del FMI ¿a quién paso primero? El mandatario ordena: A monseñor, porque a él sólo tengo que besarle el anillo).

ESCRITO POR: