PALABRAS DE PAPELFrustrado pacto

EDUARDO P. VILLATORO

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Pese al exagerado optimismo de las instituciones que auspiciaron el encuentro, los representantes de 14 partidos políticos que participaron en una reunión realizada recientemente, acendradamente fieles a sus más respetadas tradiciones, no se pusieron de acuerdo para suscribir un honroso Pacto de Caballeros.

Este intento se frustró en el desarrollo de un seminario sobre gestión y fiscalización de campañas políticas y electorales, organizado el mes anterior por el Tribunal Supremo Electoral, la OEA y una fundación internacional.

Los confiados patrocinadores tenían la absurda pretensión de que los delegados de más de una docena de organizaciones políticas que asistieron a la actividad, se comprometieran con fervor y esmero a que durante la próxima campaña electoral se limitarían a enaltecer las egregias figuras de sus aspirantes a cargos de elección popular, a exaltar la belleza de sus postulados ideológicos, a proclamar las virtudes de sus profundos programas de trabajo y a estimular a los remisos votantes a sufragar a favor de sus planillas.

En ese sentido, los partidos políticos, sus dirigentes, candidatos y activistas postergarían para otra oportunidad, o, en el mejor de los casos, eliminarían para siempre todo tipo de acusaciones perversas contra sus adversarios, olvidándose de campañas negras, intrigas, chismes, patadas a la espinilla, escupitajos, zancadillas, empujones y otras tretas de similares noblezas.

El frustrado Pacto de Caballeros también incluía que estas colectividades revelarían el origen de los recursos monetarios que gastan o invierten en las campañas de proselitismo, o sólo en su funcionamiento normal, porque para muchos guatemaltecos siempre ha sido un misterio la procedencia del dinero que utilizan esas organizaciones, aunque otros tienen vagas sospechas respecto de la contribución voluntaria de desinteresados empresarios, y ya no se diga, en el caso de los partidos oficiales de turno, de las espontáneas ayudas de determinadas dependencias del Estado y del aporte que ofrecen libremente miles de burócratas con el mayor de los júbilos.

Sin mencionar al FRG y al PAN, sino en lo que respecta a partidos que aparentan ser pequeños, como el que encabeza el doctor Rodolfo Paiz, por ejemplo, a mí no me extraña que puedan sobrevivir ante tantos gastos que implica el funcionamiento de filiales, el pago de sueldos e inversiones publicitarias, porque es de dominio público que don Fito no le anda pidiendo fiado a nadie, menos aún para que su doña haga el súper cualquier día del mes, y no sólo el fin de quincena, como la mayoría de los mortales.

Tampoco me provoca desaliento la capacidad económica de otro aguerrido presidenciable, tal el caso del empresario Ricardo Castillo Sinibaldi; puesto que sólo basta mencionar su apellido de abolengo, para inferir que él nunca ha tenido la más mínima idea de lo que significa andar en trapos de cucaracha, mucho menos carecer de petate en que caer muerto.

Sin embargo, hay otros minúsculos aspirantes a la presidencia de la República, que por puro recato no identifico, quienes no disfrutan de las mismas posibilidades financieras de don Fito Paiz y de Cayo Castillo, de lo que se deduce que sólo su espíritu de servicio al prójimo y acendrado amor a la patria son motivos suficientes para dedicarse tiempo completo a la febril actividad política, sin esperar nada cambio, más que la satisfacción del deber cumplido.

Esta fidelidad cívica no significa, empero, que no estén dispuestos a recibir ayuda económica, o en especie, de otros guatemaltecos que pueden valorar el sacrificio que presupone ser candidato presidencial, a sabiendas de los improperios de que serán objeto desde el momento mismo en que se encaramen al poder, de todos los sinsabores que implica estar gobernando y del riesgo que significa que individuos frustrados los califiquen de corruptos y ladrones, provocado por mero resentimiento.

(Un activista político primo de Romualdo llega a casa y le informa a su mujer: Mi médico descubrió hoy que soy estéril. La fiel esposa repone: ¡Menos mal que ya teníamos dos hijos cuando te contagiaron).

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