PALABRAS DE PAPELProceso democratizador

EDUARDO P. VILLATORO

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Se ha dicho hasta la saciedad que la anterior derrota electoral del PAN obedeció en gran medida a la arrogancia y prepotencia de sus líderes.

Luego, panistas que disentían de las decisiones omnipotentes de la dirigencia nacional virtualmente expulsaron del partido a su fundador y a la elite que en su galopante soberbia manejaba al PAN con aristócrata autoritarismo.

Los nuevos dirigentes tomaron conciencia de su responsabilidad política, a la vez que abandonaron el exclusivismo que había sido el signo vital del partido, colocando a la cabeza de ese movimiento renovador al diputado Leonel López Rodas, con la ausente aprobación del excandidato presidencial Oscar Berger, distanciado para entonces de su antiguo guía y paradigma.

La nueva dirigencia nacional del PAN apostó por la institucionalidad del partido, para que las decisiones ya no fuesen adoptadas por una persona y su círculo de amigos, sino derivadas de la voluntad colectiva del Comité Ejecutivo que, a su vez, atendería las propuestas de sus bases y cuadros medios.

En esa línea de conducta, acordaron que para nominar a su próximo candidato presidencial debería procederse a realizar elecciones internas, como la mejor fórmula para proseguir con el proceso de democratización del partido. Sin embargo, contrariando esos principios, los dirigentes cometieron el error de buscar la participación del exitoso banquero Eduardo González, sin ningún antecedente en las filas del PAN.

Pero fue Berger quien, después de haberle dado ánimos, desplazó a González, aunque el ex alcalde no se reincorporó al partido por el canal institucional, sino que se valió de los medios de prensa, y de inmediato pretendió dar instrucciones a la dirigencia del PAN, con ínfulas de imperativos individualistas, que reavivaron el enraizado caudillismo político.

Los grupos afines al ex alcalde, más que el propio Berger, no logran concebir que alguien pueda disputarle la nominación presidencial, y el argumento que arguyen es que el secretario general no debería ser precandidato, por ostentar ese cargo, como si no se tratase de un posición y de una disputa eminentemente políticas, justamente.

Serán los afiliados los que finalmente decidan si eligen a López Rodas, el quetzalteco que removió las cenizas del PAN para que surgieran llamas, o a Berger, el delicado citadino que ni se despeinó con el soplo de los aires renovadores, y quien, si pierde, podría acomodarse fácilmente en un partido con pisto, pero sin candidato.

(Un panista capitalino light, seguidor de Berger, le comentó a Romualdo: La mujeres se casan de blanco, para hacer juego con la refri, la estufa y la lavadora).

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