PALABRAS DE PAPELSabor a pollo
La peor de las historias puede tener su encanto si es bien contada.
Aún así, me resistía a leer el libro que me enviaron espontáneamente porque presumí que tenía un fondo puramente mercantil, no obstante la ilustrada firma del autor.
Finalmente, aprovechando que mi mujer descansaba, mis hijos casados no nos visitaron y el único que vive con nosotros se marchó con sus amigos, al caer la tarde del pasado sábado, como quien no quiere la cosa, comencé a darle una leída a la contratapa. Peor aún: se anota que es el relato de una aventura empresarial.
Por mi origen rural, mi formación familiar y escolar, mis inclinaciones ideológicas y mis prejuicios y rencores, que se encuentran en vías de extinción, sostenía sin ninguna valedera razón que todos los hijos de los ricos no tienen que hacer mucho esfuerzo para acumular más riquezas y que para iniciar una empresa sólo se requiere de mediana vocación y de los recursos suficientes.
Por supuesto que con el transcurso de los años he ido evolucionando y me he dado cuenta de que no hay verdades absolutas, especialmente en materia económica, de manera que para ser fiel a mi vanidosa amplitud de criterio, busqué el prólogo con el fin de formarme una idea de lo que podría esperarme si me decidía a introducirme en las páginas del libro.
Como no encontré tal introducción ni nada por el estilo, y habiendo ya colocado plácidamente mi larguirucho cuerpo sobre suave y cómodo sofá en la intimidad de la sala familiar, no tuve más remedio que comenzar a leer el primer capítulo, y de ahí en adelante ni el timbre del impertinente teléfono ni el arribo de una de mis nietas me quitó la atención.
Contra mis hábitos cariñosos, apenas saludé a mi hijo Manuel José y a su esposa Ericka cuando se asomaron un momento para hacer una diligencia, aunque debo reconocer que llegada la hora de la cena, pudo más el sabor del bistec y el aroma de los plátanos y frijoles fritos que mi devoción por la lectura.
Después de una breve sobremesa, me sumergí de nuevo en las páginas del libro, que no terminé de leer hasta una hora más tarde. Es que Francisco Pérez de Antón no sólo cuenta la gestación, el nacimiento, el desarrollo y los avatares de una empresa comercial, sino que ofrece los rasgos más sobresalientes de aquellas personas que contribuyeron a su crecimiento y plenitud, en medio de gratas oportunidades y turbaciones inesperadas.
Antes de leer el libro yo pensaba que Pollo Campero era el feliz, cómodo e inmediato resultado de un proyecto bien planificado y financieramente bien consolidado desde sus inicios.
Creía que a uno de los miembros de la familia Gutiérrez se le había ocurrido, quizá como mera distracción o porque deseaba ampliar sus negocios, abrir un restaurante de comida rápida, y que como les había ido muy bien todos juntos dispusieron extender el mercado hasta Estados Unidos y otros países.
Además, me imaginaba que el Grupo Gutiérrez nunca había pasado apuros económicos y hasta había soslayado el profundo dolor causado por la trágica muerte de uno de los hijos y el yerno de don Juan Bautista, el pionero y patriarca de la familia.
Se me había olvidado, también, que los restaurantes fueron blanco del terrorismo extremista, provocado por la intolerancia de las dictaduras militares de la época.
Ahora me doy cuenta que no es tan fácil meterse a empresario cuando se mantienen principios de integridad, y menos aún si se comparte una conducta justa y digna hacia el empleado, el obrero, el trabajador.
Me he enterado, fundamentalmente, que es Francisco Pérez de Antón el verdadero padre de la criatura, a la que dejó en buenas manos en el momento oportuno, y cuya historia cuenta con sencilla modestia y con ese especial estilo suyo que nos conduce sin contratiempos en la relación de los hechos y en el vínculo humano de las cosas.
(Romualdo soñó una noche reciente que frente a un restaurante de Pollo Campero decenas de enfurecidas gallinas protestaban portando pancartas con esta leyenda: Vivos se los llevaron, vivos los queremos).