PALABRAS DE PAPELUn año después
Desde hace varios meses vengo rumiando la idea de escribir breves relatos de periodistas cuyos días se han ido consumiendo en este oficio, y que pasados los años aún nos regalan su ejemplo, empeño y amistad. El tiempo ha transcurrido y la intención se ha quedado en un buen propósito, porque a veces pienso que a pocos de mis contados lectores les interesa la vida de personas que su mejor contribución cívica fue contarnos lo que sucedía en torno nuestro, por medio de sus palabras escritas o pronunciadas en voz alta.
Hoy, sin embargo, la fecha es propicia para recordar en la distancia de los meses a una periodista que ya no participa en nuestras reuniones, porque en su encuentro con la sosegada fatalidad de la muerte, se alejó para siempre, callada, cauta, silenciosamente, como si no quisiera causar molestias a nadie ni que la gente se diera cuenta que era necesario emprender el viaje.
La Zoilita murió hace justo un año. Varios de sus amigos y compañeros estábamos pendientes del cumplimiento de lo irrevocable. Sabíamos que la enfermedad que le aquejaba la estaba conduciendo al final del crepúsculo. Presumo que ella también tenía la certeza de que se iría en cualquier vuelta de la oscuridad nocturna o en un recodo de la plenitud del día.
Semanas antes de despedirse por última vez de su anciana madre, de su hermana enferma y de su fiel hermano Miguel Ángel, solíamos verla en la APG y en el Instituto de Previsión Social del Periodista, ya no con la fecunda participación pretérita, pero sí con la sensata opinión orientadora.
Zoila Reyes Illescas era su nombre para usos oficiales. Como debe ser. Cuando fue asesora de prensa, jefa de redacción, consultora en comunicación social, presidenta de la APG, catedrática universitaria y otras muchas actividades más.
Para sus compañeros y amigos, entre los cuales Mario René Chávez, ese mismo Remachón que es presidente del Colegio de Abogados, no era necesario que fuésemos tan solemnes y circunspectos, porque cuando decíamos la Zoilita, sabíamos a quién nos referíamos.
A esa mujer morena, de fácil sonrisa y ojos vivaces la evocamos hoy. Como yo no tengo la habilidad de su amiga Blanca Rosa González, quien escribió una semblanza de Zoilita, me conformo con decir que su capacidad, modestia y humildad sólo fueron superadas por la serenidad, templanza y fortaleza demostrada en sus postreros días y en las horas finales.