PersistenciaCivilización y muerte
El precio que el humano paga por ser civilizado es muy alto. Es el precio de relegar su sexualidad a un cuarto oscuro (en donde ésta, a pesar de las sombras, aún subsiste). Quizá la más temible prohibición que la civilización impone sea la prohibición sexual.
El ser humano en general, pero mucho más la mujer que el varón, ha de aprender a reprimir sus instintos sexuales desde la más temprana edad. Ello conlleva, asimismo, la represión de las más hondas emociones.
Porque, en una u otra forma, casi todas las emociones provienen de eros (amor) o están conectadas con él. Y al frenar a eros, surge, como consecuencia maldita, thanatos (el odio o la muerte).
Ante semejante despojo ¿no se desatará inconscientemente en el humano una tremenda ira que lo conduzca a la parcial o total destrucción de sí mismo y de los demás? (obsérvese, si no, a los talibanes). El ansia de poder y de dominio, ¿no es producto de una frustración, de una negación a necesidades eróticas impostergables, de una falta de amor, de una invalidez por sentirse inacabado no sólo por causas biológicas sino psíquicas?
Porque recuérdese que no hay animal más desvalido y dependiente que el animal humano. Desde que nace necesita de los cuidados de la madre o quien haga sus veces. Más adelante hay necesidad de un ?utero social? que compense, en parte, su desvalimiento psicológico.
Este ?útero social? se encarga, para su desdicha, no sólo de protegerlo sino de atemorizarlo. Se le inventa que la sexualidad es pecado y que debe evitarse si desea ser amado y protegido por esa misma sociedad. Las religiones, sobre todo, hacen énfasis en esta infamia. Y aquí se inicia la primera gran contradicción: el humano ha de reprimir su sexualidad y su amor si quiere ser amado y aceptado. Este es el punto de arranque de las más temibles enfermedades mentales.
Es así como el ser humano, para compensar su carencia biológica y desamparo ante la Naturaleza, crea instrumentos para defenderse, atacar y sobrevivir. Surgen, entonces, las armas, que van desde un simple garrote hasta la bomba atómica.
Con estas armas ataca no sólo a las otras especies animales, sino a su propia especie humana. El hombre lobo del hombre. Semejante desviación trágica se debe al otro tipo de carencia (ligada, sin duda, a la biológica): la carencia psíquica, que en última instancia surge de su necesidad de protección materna que lo acompaña durante toda la vida.
Por esta segunda carencia crea la religión y todas las otras instituciones que agobian al humano y lo transforman en monstruo. Y todo por la represión de sus más sagrados instintos animales.Y aunque las religiones (patriarcales, todas) digan que lo que el humano busca es al Padre todopoderoso, a la que siempre busca es a la Madre todopoderosa, única, que en una época (la uterina) ha calmado todas sus necesidades.