Sentido común¡Qué de a sombrero!
Me aconsejaba un amigo que dejara de insistir en tres cosas que creo es necesario quitar para salir de pobres: las aduanas, el Impuesto Sobre la Renta y el Código de Trabajo. En otras palabras, me recomendaba resignarme a que Guatemala siguiera pobre, porque no iba a convencer a nadie. ¡Qué de a sombrero!
Los libros de William Yates, ?Raíces de la pobreza: las perversas reglas de juego en América Latina?, y de Carlos Alberto Montaner, ?Las raíces torcidas de América Latina?, examinan la cultura que ha prevalecido en América Latina, a la cual le atribuyen el habernos quedado a la zaga del progreso. Peguntan, ¿por qué los avances y la eliminación de la pobreza se concentró en un pequeño grupo de países que llamamos del primer mundo?
Entre paréntesis: para tener la conciencia tranquila a muchos les basta con recomendar ?educación?, educación y más educación para salir de pobres. Educación no falta en ningún discurso y gana aplausos pues nadie está en contra. Después de decir la frase, el tema se olvida, porque ya todos sabemos que dentro de diez años estaremos igual que como estábamos hace veinte, con un sistema educacional estatal burocrático que educa mal y para colmo se ocupa de estorbar la educación particular con su pretensión de ?velar? para que los dueños de colegios no exploten a padres de familia, como si los padres no tuviesen la libertad de no enviar sus hijos a colegios que los explotan o de fomentar nuevos colegios. Además, como lo demuestra Rusia, educación sin oportunidades para usarla de nada sirve y hasta se olvida. Cierra paréntesis.
Si insistimos en disminuir la pobreza, ¿por qué no llamar a discusión y debate los estorbos que lo impiden? Los argumentos son muchos, pero muy resumidos son:
Aduanas. Primero, nadie puede negar que los impuestos aduanales suben los precios e innecesariamente reducen el poder adquisitivo de los salarios. Segundo, todo el trabajo de vistas y agentes de aduanas no es trabajo productivo. Es una pérdida neta, un desperdicio de esfuerzo humano. Tercero, las cuantiosas inversiones en innecesarios inventarios, bodegas y manejos extras estarían mejor invertidos creando plazas de trabajo productivas. Cuarto, está el costo mayor y a la vez difícil de comprender, es el costo de la antieconómica desviación de recursos causado por las barreras a la importación -queda para otro día.
Impuesto sobre utilidades. Si se le llamara por lo que es, ?impuesto al rendimiento de las inversiones?, quizá habría más conciencia de sus efectos empobrecedores, porque se reconocerían como fuerte desincentivo a la inversión, al establecimiento de empresas productivas. Solamente con capital y no con súplicas se establecen empresas, y cada empresa puja más los salarios hacia arriba porque aumenta la demanda de mano de obra. También sabemos que los ingresos fiscales se originan en la producción; es decir, lo único que el Gobierno se puede llevar es una tajada del pastel. Entonces, si las inversiones son buenas para todos, incluyendo para el Gobierno, ¿por qué desalentarlas tan severamente? ¿Acaso porque algunos se harán más ricos?
Por último, la legislación laboral. Cualquiera entiende que a cambio de una ilusoria seguridad en el empleo, todos los efectos del Código de Trabajo disminuyen salarios nominales y reales.
Con el establecimiento de la indemnización, los trabajadores perdieron su poder de regateo, perdieron su movilidad y bajó su productividad.
¿Que sin código habría abusos? Si fluyen las inversiones, los abusos se minimizan. Si no las hay, los trabajadores los sufren en el silencio de la economía informal y se quedan pobres.