TIEMPO Y DESTINOCuentahabientes a punto de infarto
Los bancos privados y oficiales están ligados a gran parte de la población no solamente desde el punto de vista financiero, sino también sentimentalmente.
Prestan servicios con función social, aunque no gratuita, y uno de ellos consiste en mantener grandes o pequeños capitales seguros, fuera del alcance de los ladrones que en cualquier momento pueden entrar a las residencias, oficinas o fincas y llevarse todo.
Millones de personas entregan a sus bancos preferidos los ahorros de toda su vida, para obtener intereses, y vivir de ellos. Y cuando un banco quiebra o el Estado lo cierra, sea cual fuere la causa, y no puede responder a su obligación legal y moral de devolver el dinero que sus cuentahabientes le han entregado, miles de personas sufren, lloran, maldicen y algunas hasta se suicidan o desearían hacerlo.
Casos de estos se dieron en distintos países en los años 29 y siguientes del siglo pasado, cuando se produjo la llamada gran depresión, porque muchos bancos comenzaron a tener dificultades financieras irresolubles.
Fue un dramático fenómeno mundial, que se inició en los Estados Unidos, tras una década de crecimiento económico, incremento del endeudamiento y especulaciones bursátiles, con beneficios rápidos y fáciles.
La gran depresión comenzó el 24 de octubre de 1929, conocido históricamente como jueves negro, con el desplome de la Bolsa de Nueva York y la pérdida de valor de las acciones que allí se cotizaban; lo que motivó una reacción en cadena en el sistema financiero.
Numerosos bancos empezaron a tener problemas de solvencia y de liquidez, y se acentuó la desconfianza en su capacidad de rembolsar a los depositantes.
Crisis de esa clase, sólo que en miniatura, se han dado recientemente en países latinoamericanos, como Argentina, donde se produjo el corralito que impidió a los depositantes retirar todo o parte de su dinero, y causó desesperación en muchos de ellos.
¿Puede suceder algo parecido en Guatemala? No lo sé, pero hay inquietud en la población.
Primero, por el desplome del Banco del Café y empresas financieras con las que se integraba. Ahora se sabe que muchos cuentahabientes millonarios y otros de escasos recursos, como los jubilados, nunca podrán recobrar su dinero o parte de él, enviado fuera del país, porque de un día para otro se volatilizó y desapareció.
Aunque justo es reconocer que las autoridades están haciendo un gran esfuerzo por devolver a sus propietarios los fondos que todavía puedan ser rescatados.
Después corrió como reguero de pólvora el rumor de que otro banco, de los grandes, afrontaba parecidos problemas, lo cual resultó inexacto. Siguió, luego, la suspensión del funcionamiento de los cajeros automáticos. Y este fin de semana el público fue estremecido por otro terrible rumor, según éste el sistema bancario en general está en aprietos y entrando en una especie de corralito, por el cual los clientes sólo podrán retirar una parte de sus depósitos, como sucedió lamentablemente en Argentina.
El banco afectado por la campaña de rumores de hace pocos días expresó en campos pagados que todo se debe a una “competencia desleal”. ¿Quién puede hacerle competencia? ¡Otro banco! Y entonces los ojos angustiados de los cuentahabientes se vuelven hacia ese “otro banco”, que es el propio, en busca de respuestas.
¿Qué hacer, entonces? Dar al público una constante y mejor información, que disipe su angustia. Esto es cumplir con poner las cosas en su lugar, ahora, no mañana. Sin verdades a medias, pues lo que los depositantes necesitan ?repito? es información y más información. Y saber, por supuesto, que su dinero está seguro y no se hará humo.
Yo sé que hay bancos confiables, fuertes, sanos y seguros. Pero las autoridades saben mucho más que yo, y están obligadas a hablar prontamente y sin reservas.