Hacer la historia de las personas es ligarla de alguna manera al devenir de los pueblos donde han vivido; recordar sus actos y subsumirlos en su entorno; colocarlos ante los espejos de la sociedad, de la vida y de la muerte.

Hay una variedad de historias que no tiene fin; de grandes epopeyas; de éxitos literarios y otras cuyos protagonistas son héroes de la cultura y del arte, que van por el mundo sin fusiles, sin espadas, ganando batalla tras batalla.

Y hay también historias pequeñas que ocupan poco espacio en el mundo y mucho en el corazón. Son nuestras historias, las que conocemos de cerca, formadas con hechos de todos los días. Rosario de nociones que están al alcance de nuestra vista.

Eso tiene que ver con Pedro Julio, a quien enterramos el viernes.

La Segunda Guerra Mundial costó la vida de muchos millones de combatientes y civiles inocentes. Tanto que si los cadáveres fuesen extendidos en la superficie terrestre formarían un círculo que daría la vuelta al mundo o cubrirían gran parte de él.

Pero, además de muerte, el conflicto despertó emociones. Una de ellas estuvo basada en la certeza de que es posible luchar contra las dictaduras políticas y abatirlas. Que es posible derribar los muros más altos. Que no hay fortaleza que no pueda ser alcanzada por el empuje de las poblaciones movidas por el afán de libertad.

En 1944 Guatemala se alzó contra la injusticia. Se trataba de un pequeño país despertando de un profundo sueño de más de cuatrocientos años. Lo hizo a su modo.

Y surgieron sus propios héroes. Y sus propias víctimas.

No sólo rompió las cadenas físicas, sino liberó energías espirituales para que las personas pudieran decir lo que pensaban. Y lo dijeron. La imprenta lanzó a la circulación nuevos libros, poemas, cuentos, ensayos, y propició cambios en la manera de hacerlo. En 1944 arranca una nueva forma de periodismo, irreverente muchas veces, que se prolonga hasta nuestros días. La Prensa acomodaticia, en cambio, se empantanó.

En un periódico llamado Nuestro Diario, principió a trabajar Pedro Julio García. Era simpatizante de la revolución de octubre. Dos de sus hermanos, en otra forma se calzaron las botas del cambio y se fueron a pelear contra una larga historia de opresión e injusticia, que revivió diez años después.

Pero, se puede innovar sin necesidad de empuñar fusil alguno. Se puede hacer con el discurso oral y con la palabra escrita. Pedro Julio fue innovador en esta segunda forma. Encabezó el movimiento nacional por un nuevo periodismo que este año 2001 ha cumplido medio siglo de actividad. Su trabajo sigue vivo y da frutos.

Era, se ha dicho, un hombre talentoso, y es cierto. Era valiente, se ha dicho, y es cierto. Era íntegro e incorruptible, y es cierto. Sus ideas eran sólidas y estables. No las modificaba por conveniencia personal. Era amistoso y humilde.

Era, pues, un líder, al que llegó el ocaso. Ha tiempo había principiado a morir y experimentado la necesidad de la reconciliación.

-?Los médicos me recomiendan -dijo en cierta ocasión- tomar todo con calma. Dicen que debo cambiar. Y he cambiado. Perdono a mis enemigos. Ya no me importa lo que digan o lo que puedan decir. Me siento tranquilo con todos y conmigo mismo?.

El guerrero, pues, principiaba a reposar, después de años de trabajo intenso.

Varias horas antes de su muerte, pude verlo. Respiraba con dificultad, pero sin angustia. Su rostro -ya dibujada en él la expresión final-,conservaba una calma extraordinaria. Ni una queja. Ninguna lágrima. Creo haber visto en su semblante la firma postrera de un hombre que al borde de la muerte hacía honor a su vida. Fiel a sus creencias y a su desacuerdo con otras creencias. Testimonio fiel de un pensamiento libre hasta el último minuto. Firmemente apoyado en su propia conciencia, aferrada a la idea de que lo absoluto no existe, se iba del mundo, sin arriar la bandera de sus mejores días. Tal es la percepción que tengo de sus postreros instantes.

Casi al entrar la noche, junto a su féretro estuvimos cuatro periodistas que, sucesivamente, hemos ocupado la Dirección de Prensa Libre, cargo al que Pedro Julio dio brillo y respetabilidad. Fuimos a decir adiós al maestro. Al intelectual cuyo mejor monumento está hecho con millones de páginas que han pasado durante cincuenta años frente a los ojos de un incontable número de lectores. No necesita más.

ESCRITO POR: