El drama humano de las familias de El Cambray 2 no tiene límites. La cifra de fallecidos va en aumento y quedan todavía muchos cuerpos por recuperar. Durante el viernes y el fin de semana, los medios y las redes sociales se llenaron de historias sobre el dolor de quienes buscaban afanosamente a sus familiares entre los escombros y la forma en que se salvaron de morir varios pobladores que no se encontraban la noche del jueves 1 de octubre en sus viviendas.

Como casi siempre sucede en este país cuando hay una tragedia de esta magnitud, son los sectores empobrecidos los que ponen las víctimas. La vulnerabilidad ambiental es compartida, y sin embargo, nunca hemos visto que a la hora de un desastre todos corramos la misma suerte. La pobreza y la vulnerabilidad social son las verdaderas causas de lo ocurrido. Y detrás de ellas subyace un sistema económico basado en la desigualdad, donde un grupito tiene de todo y una gran mayoría no posee casi nada, y se ve obligada a vivir en condiciones de extremo riesgo, porque no tiene ninguna otra opción.

La Conred asegura que desde 2008 se había advertido a la municipalidad de Santa Catarina Pinula del riesgo que corrían quienes habitaban en el barranco; sin embargo, nada se hizo por atender la advertencia y proveerles de un lugar seguro para trasladarse y de apoyo económico para la construcción de sus nuevas viviendas. Decirle a la gente que deje su modesta casa, que con tanto esfuerzo ha levantado, sin ofrecer una solución habitacional alternativa, no es otra cosa que lanzarlos a vivir en la calle, razón por la cual prefieren quedarse y confiar en que nada ocurrirá.

Claramente la debilidad del Estado —que tampoco es producto de la casualidad— y la escasez de recursos para cumplir con sus obligaciones constitucionales, además de la corrupción que impera en prácticamente todas las instituciones, tienen mucho que ver en esta tragedia. Y como decía un experto entrevistado en un canal de televisión, la bajísima carga tributaria de Guatemala y la nula planificación en materia de ordenamiento territorial y edificación, son factores que complejizan el problema.

Cada vez que ocurre algo como lo del Cambray, nos alarmamos, entristecemos y hasta nos indignamos. Pero luego pasa el tiempo y la tragedia queda en el olvido, hasta que ocurre una nueva, que vuelve a mostrarnos la terrible realidad social y económica del país, que nunca nos animamos a transformar.

Ahí está el problema de fondo, queremos que estas cosas no sucedan, pero no queremos darle vuelta a esta sociedad injusta y cambiar este sistema que promueve la desigualdad, la pobreza, la marginación y los privilegios, que sería la única forma de evitar nuevos cambrayes.

El espíritu de solidaridad que aflora en la sociedad chapina cuando ocurre una desgracia como esta, debiera no quedarse en eso, sino ser el motor que impulse una transformación estructural y de fondo, porque como dice una colega, a la gente de El Cambray la mató la pobreza, la desigualdad y la indiferencia.

ESCRITO POR:

Marielos Monzón

Periodista y comunicadora social. Conductora de radio y televisión. Coordinadora general de los Ciclos de Actualización para Periodistas (CAP). Fundadora de la Red Centroamericana de Periodistas e integrante del colectivo No Nos Callarán.