La semana pasada los periódicos dieron a conocer que el connotado ciclista Juan Pablo Gularte murió atropellado, así como de la captura del estudiante Rodrigo Banús Asturias, señalado de haber huido luego de arrollarlo. El accidente ocurrió el sábado 12 de diciembre. en la carretera a Santa Catarina Pinula. Al estudiante universitario se le sindica de conducir bajo los efectos del licor, lo que será un agravante al cargo de homicidio culposo, dado el caso se lo demuestre. Las cámaras instaladas en la zona permitieron seguir la ruta de huida hasta su casa.

El disciplinado deportista deja una joven viuda con una niña de 9 años y a una madre y hermanos angustiados, lo mismo que un promisorio futuro en el mundo del deporte como en el laboral. Por su parte, el estudiante cargará con el pesar de la mala decisión de huir en lugar de auxiliar y quizás, solo quizás, salvar la vida a su víctima accidental. Dos vidas truncadas en un instante.

Esos hechos llevan a meditar sobre asuntos de nuestra cotidianidad, como la pérdida de cortesía que hasta no hace mucho tiempo practicábamos. Por ejemplo, dar el asiento en autobuses o salas de espera a mujeres y personas mayores y el rincón en las banquetas, como ceder el paso a quien lleva una carga encima. Esa falta de educación se potencializa al trasladarla al ámbito de la circulación vehicular, en donde imperan el caos y la mala crianza, las que se agravan en proporción directa al tamaño del vehículo que se conduce y el anonimato que ofrece el polarizado de los vidrios, en auge con el pretexto de la inseguridad.

Una notoria excepción son los conductores de transporte pesado, quienes, en términos generales, debieran ser profesionales y por lo tanto responsables por su propia vida, la carga que transportan y conscientes de los riesgos inherentes. Cosa que no sucede con los conductores particulares que suelen desconocer las normas establecidas en el Reglamento de Tránsito y carecer de educación elemental. A veces parecen disfrutar demostrando su torpeza e irresponsabilidad, agravando la ya caótica circulación vehicular en nuestras ciudades y poblados.

Caso aparte son los cuerpos de seguridad, estatales o de particulares, a los que recurren quienes se sienten amenazados sea por la importancia de su cargo o por la violencia del país que han construido. Su actuar puede ser prepotente y amenazador y de “quitá, que quiero pasar”, intimidan al resto de los mortales con armas de grueso calibre con tal de avanzar unos pocos metros en las interminables filas, revelando su propia inferioridad.

El caso del ciclista y del estudiante debe llamarnos a la reflexión en cuanto a la manera de cómo nos comportamos como peatones y conductores en la calle y demás espacios abiertos. También debe llamar la atención de las instituciones encargadas de formar, educar y capacitar a los ciudadanos y velar por la aplicación y cumplimiento de los reglamentos existentes.

La educación vial es tan importante como enseñar a leer y escribir, las ciencias naturales, las matemáticas y demás disciplinas elementales. Las alcaldías, ministerios de Educación y Gobernación tienen la palabra. ¿Tendrán idea de su responsabilidad? ¿Sabrán que les corresponde esa educación cívica.

ESCRITO POR:

José María Magaña

Arquitecto -USAC- / Conservador de Arquitectura -ICCROM-. Residente restauración Catedral Metropolitana y segundo Conservador de La Antigua Guatemala. Cofundador de la figura legal del Centro Histórico de Guatemala.