XokomilGana Nicaragua
Nicaragua acaba de demostrarle al mundo que tiene memoria histórica y madurez política. Los centroamericanos, especialmente los guatemaltecos, deberíamos quitarnos el sombrero y seguir el ejemplo.
En las elecciones del domingo, el candidato del Partido Liberal, Enrique Bolaños, obtuvo la victoria, superando el virtual empate que durante semanas las encuestas le asignaron frente al líder sandinista (podríamos agregar histórico o apolillado), Daniel Ortega.
Los nicas hicieron gala de su madera cívica. Y aunque tienen un país todavía devastado, construyen los cimientos para sacarlo adelante.
Nicaragua va en la cola, pero va, de la Centroamérica comprometida con el futuro, encabezada por Costa Rica y El Salvador. Los guatemaltecos, en cambio, somos una especie de familia aristocrática y decadente que presume de su glorioso pasado en la colonia El Tubo (tuvo esto y tuvo aquello), mientras deja pasar oportunidades.
Por eso mismo, debemos prestarle atención al proceso nicaragüense.
Emepecemos con los niveles de participación en las urnas. Los nicas acudieron masivamente a votar: los cálculos rondan el 75 por ciento, es decir, casi a la inversa de lo que sucede en Guatemala, donde cuando hay suerte, los votos superan el 30 por ciento del padrón electoral.
Los nicaragüenses han comprendido que no se pueden desentender de las decisiones políticas de su país, especialmente cuando el panorama luce sombrío. Aunque Bolaños y Ortega distaban mucho de ser los candidatos ideales, el país apostó por la democracia y sus instituciones.
Talvez haya algo de personalidad nacional en el asunto. Los nicas son optimistas y luchadores mientras los chapines somos apáticos y timoratos, más propensos a huir o a gravitar en torno de los problemas que a enfrentarlos. Por algo los sandinistas echaron a Somoza a patadas en 1979, cuando la gloriosa dirigencia de la guerrilla guatemalteca les había advertido que no intentaran esa locura.
No hemos cambiado mucho. Seguimos buscando excusas para nuestros fracasos políticos, entre ellos el abstencionismo: que si somos autoritarios, que si estamos frustrados, que si nos faltan líderes. Nos sentamos en el diván del psicoanalista, mientras a pocos kilómetros de la frontera, los nicas, con una historia tan o más cruel que la nuestra, se niegan a darse por vencidos.
La segunda lección que podemos sacar de los comicios en Nicaragua podría llamarse la ?ley del menos malo? o quizá deberíamos decir del ?menos peor?, si la Real Academia nos da licencia en aras del énfasis.
Bolaños es el sucesor de Arnoldo Alemán, actual presidente, acusado de corrupción rampante. Cómo será de insigne Alemán, que es el mejor compinche regional de juergas y negocios de la actual cúpula presidencial guatematleca. A pesar de que Bolaños tenía una hoja de vida bastante limpia -es un empresario conservador- le afectaban las barrabasadas de Alemán.
Ahora bien, el candidato rival, Daniel Ortega, sobresalía en lo nefasto por méritos propios. Los sandinistas habrán tenido las mejores intenciones del mundo (y algunos de ellos nada más), pero acabaron con Nicaragua en 10 años de sinsentidos, coronados con la famosa ?piñata?, que puso en manos de los ?revolucionarios? haciendas, mansiones y empresas confiscadas a los ?oligarcas?.
Ciertamente, la capacidad de enmienda existe entre los seres humanos, pero ciertamente también, es una virtud muy escasa. Ortega, con su colección de oprobios -desde abusos a los derechos humanos hasta el incesto- no pudo persuadir a los nicaragüenses, vistiéndose de rosado, de que había mudado de catadura.
En esa lógica, por malo que fuera Bolaños, Ortega resultaría peor. A pesar del desempleo, pobreza y corrupción, Nicaragua lleva varios años con un crecimiento económico cercano al 4% del PIB. Poco a poco, el capital ha regresado al país y hay inversión extranjera. Todo ello corría peligro con un eventual triunfo de Ortega.
Al elegir a Bolaños para el Ejecutivo y un Congreso balanceado, los nicas también organizaron, al menos en principio, un sistema de pesos y contrapesos democrático, acorde al nuevo contexto internacional, surgido a partir de los ataques del 11 de septiembre.
Pero lo más interesante de esta historia, es que hasta el ?villano? se portó a la altura. Ortega aceptó caballerosamente la derrota y anunció que el sandinismo sigue firme en la oposición. Sólo falta ahora que le ceda el protagonismo a los jóvenes de su partido, para dar una cátedra de liderazgo e institucionalidad, urgente no sólo en Centroamérica, sino en el sur del hemisferio. Así quedaría demostrado que la gente cambia, se redime y se enaltece, y que a veces, una persona que así lo comprende, hace posible el bien común.