XokomilP. J.
En la clave de los radios de Prensa Libre le decían Júpiter. El código se pronunciaba con reverencia y se cumplía metafóricamente: en este periódico, donde todos giramos alrededor de la noticia, Pedro Julio García era el mayor de los planetas, el líder, el ?gran jefe?.
Nunca fue niñero y nunca le gustó que lo llamáramos abuelo: un requerimiento de su coquetería que mis hermanos y yo cumplíamos sin dificultad, porque no se parecía en nada a los otros abuelos que conocíamos.
Con casi 1.80 metros de estatura y porte atlético, Pedro Julio, o P. J., tenía cuerpo de nadador: veinte años de pasar el fin de semana, arpón en mano, en Atitlán, dejan huella en los músculos.
Las canas también le llegaron tarde. Ni siquiera la enfermedad logró robarle totalmente el color a ese pelo suave y negrísimo que le enmarcaba el rostro y hacía que sus ojos, rasgados pero grandes, se vieran más negros todavía.
Le gustaba vestir y lo hacía sin timideces. Recuerdo una foto tomada en un estudio de grabación en México en los años setenta, con fondo sicodélico, donde aparece de traje blanco y camisa negra de lunares, con su hermano Fredy, el jazzista.
Voy a lamentar toda la vida que cuando me inicié como periodista de tiempo completo su salud ya estaba delicada y él iba de salida. El veneró a sus maestros, y cuando se retiró de la sala de redacción y le brindaron decenas de homenajes nunca dejó de mencionarlos con gratitud: al poeta Francisco Méndez, a Humberto Madariaga y Federico Hernández de León, entre otros.
De la misma forma, durante años se me han acercado periodistas para recordar con aprecio las enseñanzas de Pedro Julio: fue maestro de muchos y perpetuó el legado que le confiaron a él y el propio, el de su pluma.
Por eso me hubiera gustado, como dice el periodista Raúl Meoño, que me llamara a su oficina y me jalara la oreja, literal pero suavemente, por atropellar el idioma o por faltar a la precisión, dos pecados que Pedro Julio consideraba inaceptables.
Aún así, de niña pude verlo trabajar de lejos, cuando acompañábamos a mi mamá al periódico, después del colegio. Pedro Julio nos dejaba usar su máquina de escribir eléctrica, cuyo zumbido representaba entonces el máximo avance tecnológico, hasta que llegaba un personaje importante, alguno de esos señores que salían retratados en la prensa, y nos enviaban al ?anexo?, una salita pegada a la oficina.
Lo que les puedo decir es que incluso para una niña de cinco o seis años, mi abuelo era una figura recia, que infundía respeto y contagiaba serenidad. Cuando él llegaba a almorzar a la casa con mi tío, los martes después de sesión, no se gritaba ni se hacía escándalo. Si acaso, él permitía una pirueta y la celebraba como a Nadia Comanecci.
A pesar de que no pude trabajar bajo su dirección, mi mamá nos transmitió los principios que lo hicieron un gran hombre y que fundaron Prensa Libre. Ante todo, amor al trabajo, al oficio cotidiano y al deber cumplido, así sea la tarea más sencilla.
Crecí admirando que mi abuelo se había formado en los salones de la biblioteca nacional, y sabiendo que ese patrimonio, el de las ideas, es el único que en definitiva poseemos.
Mi abuelo tenía mucho de Voltairiano: desconfiaba de los dogmas de toda especie y de sus propagadores pontificantes. Amaba la libertad, especialmente la de espíritu. Hace unos meses, para el cincuentenario de Prensa Libre, encontré un texto suyo donde narraba un encuentro con Arbenz.
Al final de la audiencia, el presidente le dijo, casi con lástima: ?Usted nunca hubiera sido un buen revolucionario. No tiene disciplina ideológica?. Yo sólo pensé lo bien que le iría al mundo si contara con más personas sin vocación por el fanatismo.
Fue un ecologista, antes de los ecologistas, e hizo de la dignidad una norma de vida. Durante los años de Franco, Pedro Julio no puso un pie en la embajada de España: ?De una dictadura, no acepto ni un trago?, solía explicar.
Y lo más importante: nos enseñó que la fortaleza ante la adversidad es un mandato inapelable. Cuando mi papá estaba en el hospital, fue el primero en llegar y encontró a mi mamá descompuesta en la sala de espera. La agarró de los hombros y le ordenó: ?Tú no puedes ser débil, no te puedes quebrar ahora. Tú vas a ser la persona sobre quien otros se van a reclinar?.
Eso no me voy a cansar de agradecérselo. Esas palabras son las que salvaron mi infancia y las que nos han acompañado en los momentos difíciles. Sean también promesa de esperanza hoy, y un tributo a su memoria, siempre.