XokomilSuicidio anunciado
Si a este gobierno no le importa que se mueran de hambre los niños guatemaltecos, qué le va a importar que se suicide un hombre hindú en una cárcel de facto para migrantes indocumentados.
Kanu Okany Patel, de 35 años, se mató la semana pasada en un ?albergue? de Migración donde lo tuvieron encerrado durante seis meses (había estado otros cuatro en México), en condiciones peores que en las bartolinas de El Infierno: hacinado con otros 40 compatriotas, en un cuarto sin ventanas, donde no entraba la luz y los humores se volvían pegajosos, con acceso a un solo baño inmundo, donde comían pan con moho y bebían agua del lavamanos en vasos plásticos con un olor repugnante.
Con qué cara nos quejamos de las vejaciones que sufren los guatemaltecos a manos de la ?Migra?, si ni los criminales más peligrosos de este país reciben el trato inhumano que nosotros propinamos a sudamericanos y asiáticos que intentan lograr el ?sueño americano? sin el pasaporte visado, un atrevimiento que la ley cataloga como falta, no como delito, y que por lo mismo, está penalizada con multa, no con cárcel.
El suicidio de Okany Patel nos indignó hasta la náusea en la redacción de Domingo, porque hace un mes, Lucía Rodríguez publicó un reportaje estremecedor denunciando las condiciones de estos ?albergues?.
En el artículo, los hindúes, detenidos hace casi un año, amenazaban con suicidarse si no los sacaban de ese agujero donde estaban enloqueciendo. ?Una pastilla, una pastilla?, le pedían a Luci alargando las manos entre los barrotes. ?Una pastilla que nos lleve con Alá?.
Resulta imperdonable que las autoridades migratorias no hayan movido un dedo y sean cómplices de un rosario de violaciones a los derechos humanos. Hasta la fecha, siguen argumentando que los ?albergues? son ?empresas privadas? -ajá, pero custodiadas por guardias de Migración- y que ellos ?no pueden hacer nada?. Seguramente pensarán que es más fácil y cómodo deshacerse de un cadáver, que buscar una solución viable para personas a quienes les han robado la libertad, sin haber cometido delito.
El diablo, a la hoguera
Esta vez, quiero ser la abogada del diablo. Y no estoy bromeando.
Me parece que toda esta campaña en contra de la tradición de quemar al ?cachudo? el 7 de diciembre, es una exageración y una pose, más hipócrita que significativa.
Desde niña, a mí me encanta quemar al diablo: me reí mucho con la figura de Osama ben Laden en la Antigua y el viernes pasado, viendo piñatas con la solapa adornada con las efigies de nuestros demonios locales, como si fueran condecoraciones.
La quema del diablo es la fiesta que marca el inicio de la Navidad, la que nos permite sacar la basura y ?purificarnos? simbólicamente de todo lo malo que ha ocurrido en el año. Es también una fiesta alegre, que no deja de tener algo de profana y de primigenia, con todo el clan saltando alrededor de la hoguera.
Durante los últimos años, la campaña que han iniciado ecologistas y religiosos en los medios de comunicación ha reducido notablemente la cantidad de fogatas. Pero ahora me preocupa que a la Municipalidad se le ocurra la idea de prohibir esta tradición, argumentando que es ?contaminante?.
Ya quiero ver que por una vez ataquen los verdaderos focos de contaminación de esta ciudad: las bocanadas de humo negro que sueltan las camionetas, los desechos de la industria, los ríos tóxicos. Eso sí que limpiaría el ambiente.
La quema del diablo se hace una vez al año y dura media hora. No creo que haya que eliminarla, simplemente hacerla razonable. Conviene, por ejemplo, educar a la gente para que no queme llantas o plásticos que sí provocan fumaredas tóxicas o que limite el tamaño de las hogueras y las ponga lejos del alambrado eléctrico.
En otros lugares del mundo, hay costumbres similares y se mantienen, con las precauciones necesarias. Por ejemplo, en la ciudad española de Valencia se queman ?fallas?, unos monumentos de cartón inmensos que simbolizan los males de la sociedad.
Quemar al diablo es una tradición muy nuestra. Este año en especial, nos hacía falta hacerlo. No les cuento las ganas que voy a tener el año entrante.
En todo caso, tiene más sentido seguir celebrando esta fiesta que comer pavo el Día de Gracias, como si fuéramos descendientes del Mayflower.