Cuando estas concluyen, morimos. Tenemos derecho a inhalar y exhalar, digamos, unos tres billones de veces improrrogables.
De manera que por mucho que se acerque a nuestros pies la espeluznante ola del 2012, según ellos, lo hecho está hecho y no hay para dónde coger.
Así nademos contra la terrible ola, o nos lancemos mar adentro como Judas, con su Arca repleta de animales (¿o fue Noé?), de cualquier manera Ite, missa est.
Podríamos protestar mil veces en contra de la Naturaleza, que igual da. Como dice Proust, ¿es que hay algo más poético que Jerjes, el hijo de Darío, quien ordenó a sus soldados que dieran de latigazos al mar porque se había tragado sus barcos? Ingenuo y torpe, dejó, por lo menos una imagen poética como resultado de sus impotencias. Tanto peca contra natura el intelectual como el loco, por eso, aprovecho la idea de los latigazos para enviar desde aquí un montón bien sonoros a los irresponsables de Copenhague.
Según la religión con la cual lo veamos, el Universo es perfecto. O es un perfecto fracaso. El responsable puede ser Dios, o el Demiurgo, que es el rostro visible de Dios.
Todas estas fantasías animadas de ayer y hoy, sin ánimo de excitar pavesas para prender fuego, vienen sopladas al caso hoy, 31 de diciembre, cuando entramos al último año de la primera década del siglo XXI. Suena pomposo, pero es común cual culo de zompopo.
Si todo va bien, volaremos en pedazos en el 2012. Pues, según parece, la Madre Tierra (bendita sea) está rebosante de cólera y un día de esos reventará, con todo y sus pasajeros, dejando a los verdes prados como si fueran estiércol resquebrajado. Y todos los seres humanos, un segundo antes de morir, habremos de preguntarnos —como dijera el poeta—: ¿por qué no cogieron nuestras manos, los cuernos en vez de la moña del toro?
No obstante todo está respirado, solo podrá burlarse de la Naturaleza —aunque sea un poco—, el difunto campeón de natación, Michael Phelps (¿o aún sigue vivo?) quien podría aguantar todos los días el aliento para ahorrarse unas horas que sumen días, y días que mañosamente sumen años, y años que lo hagan llegar a viejo muy viejo para, finalmente, sentarse a respirar tranquilamente hasta que le llegue la Hora. Mas no el diario La Hora, sino la hora de la letra Taw (la última letra de la palabra hebrea emet, que significa verdad, vocablo este muy bello).
Mientras en el Universo estallan las estrellas y en la tierra se pudren las sociedades; mientras una horda de puñeteros guía los destinos sociales; en tanto los latigazos sobre las aguas merecerían ser descargados encima de ciertos burros, sigamos esperando la llegada del Niño Dios (¿o ya vino?).
En otras palabras, Feliz Año Nuevo 2010. Mas, oh, desgracia la mía, hoy es el día que menos se lee en todo el mundo, pero con usted lector —o lectora—, a mí me basta. Salud.