Escenario

Revelaciones: Moravia Ochoa

Algo que se hizo patente en el Congreso de Escritoras y Escritores, celebrado en el pasado mes de Octubre en Panamá, fue el escaso conocimiento que nos tenemos unos de otros.

En efecto, en las ponencias presentadas en el Congreso, observamos que existen escritores (as) excelentes pero cuya obra no traspasa el límite de la pequeña patria.

Tal el caso de la poeta y narradora panameña Moravia Ochoa López, quien me obsequió dos libros que me impactaron profundamente: “La casa inmaculada” (poemario) y “Las esferas del viaje. Cuentos escogidos”.

Moravia es una poeta y narradora fuera de serie. He aquí un poema: “Trepadora traspasa/ levántate como lo haría el viento/ violento/ y no te agaches/ es mejor ir marcada por un loco dolor/ que no tener sino silencio/ es mejor ir profunda/ que ser la plana tierra sin rosal o sin nada…”

La originalidad de esta escritora se da tanto en su poesía como en su narrativa.

Por algo, Enrique Jaramillo Levi (renombrado escritor panameño que estuvo a cargo de la organización del Congreso en mención), al escribir el prólogo al libro “Las esferas del viaje”, señala que Moravia funda “una literatura personalísima, auténtica, hondamente social a pesar del tono intimista, a ratos confesional”.

A partir de su soledad, con sus relatos “hechos de silencios” arma un diálogo consigo misma, un diálogo-monólogo, capaz de conmover al lector más frío. También puede observarse “su talante enigmático y abrumado por la nostalgia o la tristeza”.

Asimismo, la poeta lírica que hay en ella se filtra en sus narraciones que llevan una fuerte carga autobiográfica desgarrante.

No se trata de otra escritora que hace alarde de su feminismo, sino de alguien profundamente humano que emplea la palabra como nunca antes lo ha hecho mujer alguna. Quizá por ello ha sido injustamente relegada. “Pionera de la femenina modernidad literaria panameña… esta autora hace una narrativa diferente difícil de clasificar”.

Leamos un trozo de “Aguacero”: “Una tristeza feroz abría la boca a cada uno de sus pasos. La muerte la rondaba en el sentido inverso de lo que ella supuso siempre que sería la muerte.

Estaba allí, calzada de niña buena con su saco de huesos medio ocultos, la tristeza. Ya se le veía, suave, suave, y ella tenía esa tristeza feroz adentro. Así era la muerte.

Un poco de tristeza suficiente para que no se diga que es alegre, para que no se diga, para que no se piense ‘viene sin más’ ‘no avisa’ , todas las veces…” Pero en sus narraciones no sólo habla de su dolor oculto, también de esa Panamá herida de muerte cuando fue bombardeada por la fuerza aérea de los EE.UU. en diciembre de 1989.

Leamos este trozo de “Juan Garzón se va a la guerra”: “Este es el ejército de los estados-unidos se oía por los altoparlantes (¿qué rayos sería eso que se oía como trueno?), las calles se vistieron de sangre, rodaban los cuerpos, una tanqueta planchó la carne mulata de Nené muerta, los niños pedían a gritos que mamá los cargara en sus brazos”.

Moravia no es académica, ni lo pretende; por eso mismo lo que cautiva en ella es su espontaneidad, sencillez y frescura.

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