Los genes que habían saltado a la fama por su asociación con estas enfermedades eran los CDKAL1, CDKN2A/CDKN2B y IGF2BP2 en el caso de la diabetes, y el FTO en cuanto a la obesidad. Pues bien, tal y como explican los investigadores en 'Proceedings of the National Academy of Science' (PNAS), gracias a estudios de genómica comparativa entre vertebrados y el uso de técnicas bioinformáticas se ha comprobado que en realidad los genes que parecen jugar un papel en estos trastornos son HHEX, IRX3 y SOX4 en lugar de los anteriores.
El ADN se divide en codificante —que da lugar a las proteínas y constituye tan sólo el 5 por ciento del genoma humano— y no codificante —compuesto de secuencias repetidas y conocido como ADN basura—. Hasta ahora se asumía que las mutaciones que afectaban a regiones no codificantes del ADN afectaban a la función del gen más cercano a ellas. Por eso salieron a la luz los CDKAL1, CDKN2A/CDKN2B y el FTO. Pero por primera vez se ha demostrado que esto no siempre es así.
José Luis Gómez-Skarmeta, investigador del CSIC en el Centro Andaluz de Biología del Desarrollo en Sevilla y uno de los firmantes del estudio, explica: “Es como si tuviéramos una calle llena de casas, cada una de ellas con un jardín. Si se produce un fuego, lo lógico es pensar que la parcela más cercana será la más afectada, pero a veces son las casas de dos o tres bloques más allá las que sufren las peores consecuencias. Esto mismo pasa con las regiones genómicas. Hasta la fecha se relacionaban siempre con el gen más cercano, pero hemos descubierto que puede ser de otras forma”.
“Este tipo de estudios refleja lo poco que conocemos aún sobre los mecanismos de funcionamiento global del genoma y su gran importancia a la hora de interpretar los resultados de las asociaciones genómicas a gran escala con el riesgo de padecer enfermedades prevalentes, como por ejemplo, las dolencias cardiovasculares”, señala Miguel Manzanares, del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares del Carlos III.
“Entre un 5 por ciento y un 10 por ciento de las asociaciones entre mutaciones, genes y enfermedades podrían estar mal asignadas”, afirma Gómez-Skarmeta. “Mediante este tipo de ensayos demostramos que pueden fácilmente descartarse genes previamente asociados a ciertas enfermedades e identificar los verdaderos genes asociados con ellas”, concluye.
La investigación ha permitido identificar los genes diana verdaderos en el caso de la diabetes tipo 2 y la obesidad. “Se trata de un paso muy importante. Es fundamental saber cuál es el gen diana para luego desarrollar las estrategias adecuadas”, dice el científico del CSIC. “Si a la sopa le falta sal y le añadimos pimienta, no mejoramos la situación. Esto es lo que pasa si los genes están mal vinculados con las enfermedades. Por eso hay que estudiar todas estas asociaciones”, reconoce.
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