El primer fragmento de sus memorias, tituladas “Vivir para contarlo”, fue publicado la semana pasada en la revista colombiana Cambio y en el diario español El País.
“Me pusieron de urgencia el primer nombre de mi padre seguido por el de José, el carpintero, por ser el patrono de Aracataca (su pueblo natal) y por estar en su mes de marzo”, revela Gabriel José de la Concordia García Márquez, como fue llamado originalmente el escritor, al quien todos llaman “Gabo”. Su tercer nombre, “de la Concordia”, se lo pusieron “en memoria de la reconciliación general que se logró entre familias y amigos con mi venida al mundo”, aunque según explica el autor, olvidaron incluirlo en el acta de bautismo.
“Mi madre se hizo mujer en aquel moridero”. Así arranca el primer capítulo que relata la tormentosa historia de amor que unió a sus padres y que muchos años después dio pie a una de las novelas más leídas de la Historia: “El amor en los tiempos del cólera”.
El tono es ahora más realista y personal, aunque, habrá nombres o situaciones que le resulten familiares a quien haya leído ya sus novelas.
García Márquez coloca el punto de partida en el nacimiento de su madre, Luisa Santiaga, “la tercera hija del coronel Nicolás Márquez Mejía con su esposa y prima hermana Tranquilina Iguarán Cotes”, más conocida como Mina. Sin embargo, el escritor se detiene casi desde el principio en el momento en que ella se “arrebató de amor por el joven y altivo telegrafista de Aracataca”.
La historia de esos amores contrariados, narra García Márquez, “fue otro de los asombros” de su juventud. Por ello, cuando ya había entrado en la cincuentena decidió recuperarla para algo más que la memoria y utilizarla en “El amor en los tiempos del cólera”.
“Ambos -sus padres- eran narradores excelentes, con la memoria feliz del amor, pero llegaron a apasionarse tanto en los relatos… que no pude distinguir los límites entre la vida y la poesía”. García Márquez explica cómo “en las numerosas conversaciones” que tuvo con sus padres “estuvieron de acuerdo en que el amor fulminante tuvo tres ocasiones decisivas”.
Los encuentros
El primer encuentro, según narra el escritor, se produjo en “el velorio de un niño que ni él ni ella lograron” precisar. Mina le contaría años después que su presencia no le había impresionado, era “un forastero más”. Su padre, sin embargo, ya la ha visto en dos ocasiones anteriores: en la misa de ocho del domingo y cosiendo bajo los almendros en la puerta de su casa.
La segunda fue gracias a una carta que él le escribió y que ella nunca contestó. “No la que ella hubiera esperado de un poeta… sino una esquela imperiosa, que exigía una respuesta antes de que él viajara a Santa Marta”, narra Márquez.
La tercera fue en una boda de grandes vuelos. “Ella no pudo dominar su corazón cuando lo vio atravesar la sala con una determinación demasiado ostensible y la invitó a bailar la primera pieza”. En aquel encuentro, según cuenta el escritor, Gabriel Eligio, su futuro padre, tuvo la respuesta que necesitaba y no dudó en hacerla pública: “Ya no tiene que decirme que sí, porque su corazón me lo está diciendo”.
Aquella afirmación derivó en un plante de Mina, que lo dejó solo en medio de la pista y, al día siguiente, devolvió todos sus regalos.
Poco después, unas fiebres que ya había padecido en su infancia apartaron a Luisa Santiaga durante unos meses de su población natal y, según cuenta García Márquez, también de su amor. Sin embargo, la noche en la que Mina había dejado sólo a Gabriel Eligio en medio de un baile había supuesto el principio de “una guerra encarnizada”. Desde entonces familiares y amigos se dividieron a favor o en contra de los enamorados.
Muchos eran, sobre todo, los que veían a Luisa Santiaga “como la prenda más preciada de una familia rica”, los que arremetieron contra el futuro marido.
“Entre los argumentos fuertes contra Gabriel Eligio estaba su condición de hijo natural de una soltera que lo había tenido a la módica edad de catorce años”. Sin embargo, cuenta el escritor, “era sorprendente que aquella conducta irregular pudiera causarle inquietudes morales al coronel Márquez, que además de tres hijos oficiales había tenido otros nueve de distintas madres”.
Por contra, entre sus virtudes tenía la de ser “un autodidacta absoluto” y leer “todo lo que cayera en sus manos”, además del coraje y la dignidad que le hicieron sobrellevar “la contrariedad” de sus amores con Luisa Santiaga.
Tarde a su propia boda
La resistencia de los padres se vino definitivamente abajo cuando el sacerdote al que los novios se dirigieron constató que “no había poder humano capaz de derrotar aquel amor empedernido”. Finalmente la boda se celebró con la ausencia de los padres de ella, que llegó 40 minutos tarde porque se equivocó de fecha.
El viaje de novios de sus padres y la vida en común de ambos durante los primeros años ha quedado en la memoria de García Márquez como uno de sus “falsos recuerdos”, dada la fidelidad con la que la madre los había reconstruido a base de “nostalgia”.
El tramo final de esta primera entrega de memorias relata el momento en que la familia materna capitula; es al conocer que Luisa está encinta de su primer hijo. El escritor nació en casa de sus abuelos “con un aguacero torrencial fuera de estación”, tras superar a base de friegas de ron una insuficiencia respiratoria.
Aunque nunca constó en la partida de bautismo, alguien propuso que el nombre que se le pusiera rememorara “la reconciliación general que se logró entre familias y amigos” con este nacimiento: Gabriel José de la Concordia estaba al fin en el mundo, para convertirse en un autor que todo lo que escribe se vuelve oro.
Con información de EL PAIS y AFP.