En música, sin embargo, improvisar posee una estimación muy distinta: componer o inventar sobre la marcha (y sin aviso ni preparación previa, pero con ingenio artístico), una intervención solística, un fragmento, o incluso toda una pieza musical.
A través de la historia, los contextos en los que participa la capacidad improvisatoria incluyen la ornamentación y la invención de “voces” a añadir (en la música antigua), la realización del “bajo continuo” (en el barroco), la inserción de “cadenzas” (en el clasicismo), el acompañamiento “cifrado” (en música popular), la “aleatoria” (en música del siglo XX).
A pesar de ello, es preciso señalar que, en su generalidad, los músicos difícilmente improvisan, en el estricto sentido de la palabra. Antes bien -aunque estemos hablando de músicas cuya práctica tradicionalmente implica la improvisación (tal el caso de ragas hindúes, del jazz, de diversas manifestaciones de folclor, o de música contemporánea)-, lo que sus exponentes hacen es echar mano de un inventario de efectos, figuras y frases convencionales confiadas a la memoria -y cuya ilusoria variedad depende mas del poder de retentiva, de la rapidez para recordarlas, y de la habilidad para ejecutarlas en un momento dado, que de una inventiva espontánea.
En esencia, estos músicos no improvisan creativamente, sino que siguen reglas aprendidas para aplicar variaciones melódicas, armónicas, rítmicas o estructurales dentro de un determinado estilo.
No es que el arte de la improvisación no implique un aprendizaje; al contrario, la capacidad de improvisar entrevé ejercitarse continuamente para desarrollar una técnica que posibilite expresar todo lo que se imagina.
Desafortunadamente, la mayor parte de interpretes musicales sólo se proveen de esa técnica, y no de recursos que liberen su imaginación de estereotipos y convencionalismos; esto es, no descubren ni incrementan su habilidad para causar “lo inesperado”.
A eso se debe que las improvisaciones musicales de muchos artistas devengan tan tediosas – lo intuitivo se ve forzado a cederle su espacio a lo puramente formuláico, a la repetición de esquemas, a las recetas, o a una vacía demostración de predecibles proezas técnicas, sin encanto, sin ángel.
Peor aún, en grupo, cuando cada quien quiere hacerse oír, nadie pone atención a los demás, todos improvisan al mismo tiempo, ninguno atina a replegarse y… lo que asomaba como una muestra de improvisaciones se convierte en una muestra de limitaciones; pieza tras pieza, recital tras recital, temporada tras temporada.
Retomando lo sentenciado por un escritor podríamos decir, para la música, que “la verdadera improvisación no se improvisa”. Sera cierto, en la medida en que los músicos olviden escuchar la voz de los demás y, en última instancia, su propia voz interior.